Sudáfrica. Mandela, el revolucionario

Por Jeremías Perez Rabasa /Negrx / África en Resumen, 19 de julio de 2026.

En un nuevo aniversario del nacimiento de Nelson Mandela, una mirada sobre el dirigente que desafió al apartheid y cuyo legado sigue interpelando las luchas contra el racismo, el colonialismo y las desigualdades estructurales.


Cada 18 de julio el calendario vuelve a recordarnos el nacimiento de Nelson Mandela. Su rostro aparece en campañas institucionales, discursos oficiales y publicaciones en redes sociales que destacan la reconciliación, el perdón y la paz. Son valores que marcaron una parte de su trayectoria. Sin embargo, esa imagen suele dejar en un segundo plano al dirigente que dedicó su vida a enfrentar uno de los sistemas de opresión racial más brutales del siglo XX.

Mandela no fue únicamente un hombre dispuesto a tender puentes. Fue un militante que desafió el apartheid cuando hacerlo significaba perder la libertad, un dirigente político que pasó veintisiete años en prisión por enfrentarse a un régimen sostenido durante décadas por buena parte de las potencias occidentales y un referente que entendía que la igualdad no podía limitarse a una declaración de principios.

La historia suele recordar la salida de prisión, la presidencia y el Premio Nobel de la Paz. Mucho menos se habla del largo camino que condujo hasta ese momento. La lucha contra el apartheid fue impulsada por generaciones de activistas, organizaciones sindicales, iglesias, estudiantes y movimientos populares que resistieron la violencia estatal mientras el régimen sudafricano seguía siendo considerado un aliado estratégico por numerosos gobiernos.

Con el paso del tiempo, Mandela terminó convertido en una figura casi unánime. Paradójicamente, muchos de quienes alguna vez justificaron el apartheid o guardaron silencio frente a sus crímenes hoy reivindican su legado. Esa apropiación tiene como costo el presentar a Mandela como un símbolo abstracto de la paz, despojado del contenido político que dio sentido a su vida.

Esa despolitización también explica por qué suelen omitirse muchas de sus definiciones internacionales. Mandela sostuvo un firme respaldo al pueblo palestino y defendió su derecho a la autodeterminación. En una de sus afirmaciones más recordadas sostuvo que la libertad de Sudáfrica sería incompleta mientras el pueblo palestino no alcanzara la suya. Su compromiso con la justicia racial y la lucha contra el colonialismo nunca se limitó a las fronteras sudafricanas. Formó parte de una mirada más amplia sobre los pueblos sometidos a distintas formas de dominación.

Tampoco su compromiso con Sudáfrica se agotó en el fin de la segregación legal. Comprendía que la democracia debía traducirse en transformaciones concretas para millones de personas que habían sido privadas de derechos durante siglos. La libertad política, insistía, carecía de sentido si no estaba acompañada por condiciones materiales para vivir con dignidad.

Ese planteo conserva plena vigencia. El racismo continúa organizando desigualdades en distintas regiones del mundo. Se expresa en el acceso desigual a la tierra, la vivienda, la educación, la salud y el empleo. También en la violencia institucional, en la criminalización de comunidades racializadas y en discursos que buscan convertir la diversidad en una amenaza.

En América Latina esas dinámicas adquieren características propias. Los pueblos indígenas, la comunidad afrodescendiente y las personas migrantes racializadas siguen enfrentando barreras estructurales que muchas veces permanecen invisibilizadas detrás del mito de sociedades igualitarias. El racismo no necesita leyes de segregación para producir exclusión. Le alcanza con instituciones que reproducen desigualdades y con narrativas que niegan su existencia. Argentina no escapa a esa realidad. Durante décadas se consolidó un relato nacional construido sobre la supuesta homogeneidad de la población. Esa narrativa negó la presencia afroargentina, invisibilizó la continuidad de los pueblos indígenas y convirtió a las migraciones racializadas en objeto de sospecha. Reconocer esas exclusiones significa discutir el presente.

Mandela comprendió que la justicia racial no era una meta alcanzada con la firma de una ley ni con la celebración de una elección democrática. Era un proceso permanente que exigía transformar las estructuras que habían producido la desigualdad. Por eso su legado continúa interpelando a quienes entienden los derechos humanos como una herramienta para ampliar ciudadanía y no como una consigna vacía.

Cada Día Internacional de Nelson Mandela invita a dedicar sesenta y siete minutos al servicio comunitario, en homenaje a los sesenta y siete años que dedicó a la lucha por la justicia. El gesto tiene un profundo valor simbólico. Pero la mejor manera de honrar su legado sigue siendo construir sociedades capaces de enfrentar el racismo allí donde persiste, aunque resulte incómodo nombrarlo. Mandela no dedicó su vida a convertirse en un ícono universal. Dedicó su vida a combatir un sistema de dominación. Recordarlo implica recuperar esa dimensión política y entender que la dignidad nunca fue para él una consigna, sino una tarea colectiva que todavía está lejos de concluir.