Pierre Goldman, el destino truncado de un revolucionario insumiso

Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 19 de septiembre de 2026.

Nacer en Lyon el 22 de junio de 1944, en plena barbarie nazi-fascista, significaba llevar ya en el nombre y en la sangre el sello de la lucha. Hijo de Alter Mojze Goldman —legendario partisano judío polaco y héroe de la Resistencia francesa— y hermanastro del célebre cantautore Jean-Jacques, Pierre Goldman nunca eligió el camino cómodo de la integración burguesa o de la quietud intelectual. En su lugar, escogió la implacable coherencia de una existencia gastada al margen de la legalidad burguesa, vivida íntegramente dentro del eje incandescente de la revolución global y del antifascismo militante. Su trágica supresión, consumada en París el 20 de septiembre de 1979, sigue siendo una de las heridas no cicatrizadas de la historia política francesa y europea.

La formación política de Goldman rechaza cualquier jaula burocrática o reformista. Desertor del servicio militar francés, elige el camino del exilio y de la acción directa. Vuela a Cuba, donde entra en contacto con la llama de la revolución castrista. La muerte del Che Guevara en Bolivia marca otro punto de inflexión: Pierre decide pasar al terreno, uniéndose a los guerrilleros venezolanos de las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional). Aquella experiencia no fue una aventura aislada, sino que se insertaba en el denso e internacionalista retículo de solidaridad revolucionaria global que hacía confluir en América Latina a militantes de todas partes del mundo.

Junto a los revolucionarios venezolanos y a los cuadros cubanos, en aquellos años operaban también en esa zona diversos internacionalistas europeos e italianos, reducidos o expresión de una radicalidad que buscaba sobre el terreno el banco de pruebas de la lucha armada antiimperialista. Es 1969 cuando participa en una de las acciones más audaces de la guerrilla urbana sudamericana: el rimbombante asalto al Royal Bank of Canada en Puerto La Cruz, un golpe de 2,6 millones de bolívares que seguirá siendo el mayor robo del año, planificado para drenar recursos indispensables para el sostenimiento de la guerrilla. Una operación temeraria, conducida con una lucidez tal que Goldman será el único miembro del comando en no ser identificado por las fuerzas de seguridad, permitiéndole volver a Europa indemne, pero con un bagaje político y existencial irreductible.

De regreso a la patria, insertado en una espiral de robos a farmacias y pequeños comercios para financiar su propia red y la supervivencia clandestina, Goldman mantuvo siempre una fiera independencia respecto a las organizaciones oficiales de la izquierda revolucionaria del periodo. A pesar de compartir la atmósfera cultural y la urgencia de la acción directa, nunca fue un militante orgánico de la Gauche Prolétarienne u otros grupos maoístas, encontrando en cambio su verdadero apoyo intelectual y político en los circuitos de la autonomía y en las firmas históricas que gravitaban en torno a revistas y cabeceras radicales.

Es detenido en París por un doble homicidio de dos farmacéuticas en el bulevar Richard-Lenoir, un hecho que él siempre negó de manera tajante. Su caso encuentra el apoyo y la cercanía de muchos intelectuales, que firmarán una petición por él. Entre ellos está también Maxime Le Forestier, que le dedicó una canción, y están Simone Signoret y Jean-Paul Sartre. El proceso se transforma rápidamente en un caso político nacional en el que la magistratura y la policía buscan al chivo expiatorio perfecto: un judío, revolucionario, intelectual y rebelde. Condenado en primera instancia a cadena perpetua y no a muerte entre las iras de la reacción —aquel furor ciego, aquel rencor mediático y político con el que los conservadores, la prensa reaccionaria y los sectores de la magistratura acogieron su desafío al orden constituido y su posterior liberación—, Goldman transforma la celda en un taller de pensamiento crítico.

Estudia filosofía y escribe un libro, «Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia», una obra maestra autobiográfica y política que desmenuza la identidad, el antisemitismo, la violencia de Estado y la dignidad de la revuelta. En 1976, gracias a una formidable movilización y a la debilidad de las pruebas de cargo, es absuelto por el homicidio, aunque es condenado por los otros robos. Salido por buena conducta, empieza a trabajar para Les Temps Modernes y Libération.

El 20 de septiembre de 1979 lo matan en París a plena luz del día con 9 proyectiles en la calle de los Archivos (rue des Archives). Su homicidio es reivindicado por un desconocido grupo de extrema derecha: «Police Honor». A su funeral asistirán 15.000 personas, como testimonio de cuánto su figura representaba un punto de referencia ineludible para el antifascismo militante. Los asesinos nunca han sido encontrados, pero la tesis más acreditada es la de una ejecución a cargo de la criminalidad organizada de Marsella, bajo el control de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), un escuadrón de la muerte organizado por los servicios secretos españoles (con la cobertura y las confluencias atlánticas y de la inteligencia francesa) para combatir a ETA, con quien probablemente Pierre Goldman estaba colaborando para obtener armas o financiaciones en los complejos circuitos de la Guerra Fría. Sin embargo, otros sostienen que el homicidio fue organizado por los servicios secretos franceses del SDECE, asustados por la peligrosidad política y por la libertad de acción de un intelectual armado que nunca había aceptado compromisos con el Estado burgués.

Pierre Goldman sigue siendo un enigma y al mismo tiempo una advertencia. No un héroe hagiográfico sin mancha, sino un comunista irregular, un revolucionario que pagó en su propia carne el precio de la ruptura radical con el orden constituido. Recordarlo hoy, en plena barbarie imperialista y de la normalización autoritaria, significa rechazar cualquier revisionismo histórico y recoger la enseñanza de quien prefirió la llama de la revuelta a la quietud de la sumisión.