Por: Lic. Juan Contreras
El 6 y el 9 de agosto de 1945 redefinieron la escala del terror de Estado a nivel global. El uso de las bombas atómicas «Little Boy» y «Fat Man» sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki no representó el mero desenlace militar de la Segunda Guerra Mundial, sino el bautismo de fuego de una doctrina geopolítica orientada a la supremacía unipolar. La narrativa oficial proyectada durante décadas justificó el aniquilamiento instantáneo de decenas de miles de civiles bajo el argumento de «acelerar la rendición» y «salvar vidas». Sin embargo, el análisis histórico desmiente esta premisa: con el imperio japonés sumido en el colapso logístico y la inminente entrada de la Unión Soviética en el frente del Pacífico, el uso del armamento atómico respondió a un cálculo de poder para disuadir a potencias rivales y consolidar un orden global bajo el mando de Washington.
La Continuidad de la Doctrina de Intervención
Lejos de constituir un evento aislado o un exceso coyuntural, el despliegue de las bombas atómicas marcó el inicio de una estructura de intervención militar y económica que se consolidó durante la Guerra Fría y se extendió en el siglo XXI. La política exterior de la hegemonía estadounidense ha articulado diversos instrumentos de coerción según las dinámicas de cada época:
Sanciones y Bloqueos Económicos: Medidas coercitivas unilaterales aplicadas contra naciones que buscan dinámicas soberanas al margen del circuito financiero dominante.
Presencia y Despliegue Global: Red de cientos de bases militares distribuidas estratégicamente para asegurar zonas de influencia y rutas de recursos energéticos.
Intervencionismo Diplomático: Imposición de presiones geopolíticas para desarticular procesos de integración regional independientes en el Sur Global.
A más de ocho décadas de las explosiones en Japón, el riesgo de conflagración nuclear y la proliferación de conflictos regionales continúan siendo una preocupación central en la diplomacia internacional. La retórica de confrontación, la modernización de los arsenales de destrucción masiva y el desmantelamiento progresivo de los tratados de desarme amenazan la estabilidad internacional.
Frente a este escenario, los pueblos del mundo y las fuerzas soberanas demandan la democratización de las relaciones internacionales, la vigencia irrestricta del derecho internacional y la erradicación definitiva del chantaje nuclear. La memoria de Hiroshima y Nagasaki exige un compromiso activo contra el militarismo, la injerencia extranjera y la lógica del capital bélico, reafirmando la autodeterminación y la paz multipolar como ejes insustituibles para la supervivencia de la humanidad.
Caracas, Venezuela 🇻🇪
Agosto 2026.
Desde la Esquina del Barrio