Fernando Roperto
La obra de Javier Larraín Parada propone una lectura de Fidel Castro a través de las canciones de Silvio Rodríguez
| Entrevistamos a Javier Larraín Parada, historiador chileno, director de Correo del ALBA, autor del libro “Fidel Castro en la canción de Silvio Rodríguez” que el 13 de agosto saldrá en su edición para argentina publicado por Acercándonos Ediciones. — ¿Cómo nació la idea de rastrear la figura de Fidel Castro en la obra de Silvio Rodríguez y qué descubrimiento lo sorprendió más durante la investigación? — Nació de pensar una y otra vez las canciones del trovador. De darles vuelta constantemente. De comprender qué quería decir en tal o cual estrofa o verso. En ese sentido, al consultar su cancionero lo mismo le cae a uno Fidel, Martí o el Che; o la revoltosa y digna historia de Cuba. Pero, ciertamente, me concentré en la figura de Fidel porque es un comunista al que desde mi adolescencia leo y releo, consulto. Creo en su propuesta política y ética. Entonces quise detenerme un momento en ello. ¿Descubrimiento? Te diría que más bien pude confirmar la profundidad humanista de la obra de Silvio Rodríguez. — En un momento en que abundan las miradas simplificadoras sobre Fidel, ¿qué aspectos de su pensamiento y de su personalidad crees que emergen con mayor fuerza a través de las canciones de Silvio? — Ciñéndonos estrictamente a lo abordado en el libro, creo que se logran reflejar con amplitud y riqueza unos cuantos aspectos de su pensamiento como de su personalidad. Una arista de su pensamiento revolucionario, por ejemplo, lo referido a la importancia de la unidad entre las y los militantes comunistas –no olvides que Fidel decía que “la revolución es el arte de sumar”–, queda ilustrada en la canción “Nunca he creído que alguien me odia”, donde el trovador culmina citando una célebre frase/reflexión de Fidel cuando el “caso Marquitos” a raíz del juicio por la masacre de Humboldt 7 –que amenazó con implosionar las fuerzas triunfantes el 1 de enero de 1959–. Allí apela a impedir que sobre Cuba se tienda “la ley de Saturno” y a la comprensión de que la Revolución es un proyecto colectivo más grande que sus propios hacedores y protagonistas. Pero también está su pensamiento antiimperialista expuesto en la canción “Los dientes de tiburón”, en que de comienzo a fin se acude a la intertextualidad de ese imprescindible discurso/documento que fue y sigue siendo la “Segunda Declaración de La Habana”, que devino en todo un parteaguas para las izquierdas nuestroamericanas con ese llamado de Fidel: “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”.Y hay otros aspectos más, que tienen que ver con pensamientos nacionalistas e internacionalistas. En cuanto a su personalidad, está ilustrado de cuerpo entero como asaltante del Moncada, como expedicionario del Granma, como jefe del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, como combatiente de primera línea en Girón. Pero, además, como el dirigente que se viste de luto junto a su pueblo cuando lo del atentado contra el avión de Cubana de Aviación en Barbados; y el que, años más tarde, reflexiona con trabajadores y jóvenes acerca de qué significa una revolución. Es decir, están su coraje, su honorabilidad, su vergüenza –en el sentido cubano–, su compromiso y pensar de puntería, recto y agudo. — Tu libro muestra que muchas canciones de Silvio dialogan con discursos, hechos y momentos precisos de la Revolución cubana. ¿Qué nos dice ese diálogo entre arte y política sobre el papel de la cultura en los procesos de transformación social? — Eso que me preguntas está ampliamente tratado en dos de los anexos del libro; en una entrevista que hice al propio Silvio Rodríguez y en un diálogo que sostuve con el escritor argentino Alejo Brignole. Allí nos detenemos en experiencias concretas como la Revolución mexicana o la Revolución bolchevique. También mencionamos textos o personajes que van desde Mariátegui, a Trotsky, hasta Lunacharski o esa explosión artística –poesía, canción, muralismo, cine, teatro, entre otras– que hubo en la Unidad Popular en los mil días del gobierno de Allende. Hay unas cuantas precisiones respecto a algunas controversias que en ese ámbito hubo al interior de la Revolución cubana en los años sesenta y la importancia que sus dirigentes le dieron al cine con la temprana creación del Icaic, o a las letras y culturas de nuestro continente con la Casa de las Américas; y, bueno, uno podría nombrar bastantes cosas más… desde el Ballet Nacional de Cuba a la Imprenta Nacional, por citar otros dos ejemplos. Por cierto, no se esquivan momentos tirantes entre las partes, como el llamado “quinquenio gris”, el cual mencionamos y hasta recomendamos a un par de autores para su estudio. Y, en el caso de la nueva trova, corriente artística musical a la que se adscribió un joven Silvio Rodríguez y del que fue fundador de su Movimiento en 1972, es indudable que su propuesta estética y ética es hija de la Revolución… con todas las atenciones e incomprensiones que vivió por unos buenos años. ![]() — A cien años del nacimiento de Fidel Castro, ¿cuál considerás que es el legado más vigente del Comandante para las nuevas generaciones de América Latina, especialmente en un contexto de profundas disputas culturales y políticas? — En lo personal, admiro muchísimas cosas de Fidel que siento que son necesarias y hasta vitales en la actualidad para la izquierda –sobre todo si quiere ser una alternativa real al proyecto capitalista–. Por ejemplo, admiro su muy temprano desprendimiento de lo material. La capacidad que tuvo de renunciar a la fortuna familiar y echar su suerte “con los pobres de la tierra”, como dijera José Martí. Admiro su capacidad de trabajar colectivamente, de caminar durante décadas con compañeras y compañeros a su lado… y escucharlos. Fidel era una persona capaz de aceptar opiniones que divergían de las suyas; capaz de oír, de comprender al resto. De no imponer. De rectificar. Fue un furibundo luchador contra los personalismos y endiosamientos de cualquier tipo. Solía repetir y practicar esa máxima martiana de que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Nos lega igualmente su inagotable capacidad de estudio, su disciplina, esto porque asumió responsablemente su calidad de dirigente de una revolución. No era alguien sobrenatural ni nada por el estilo, como a veces lo quieren hacer ver; era como el Che en el sentido de estudiar, estudiar, estudiar… llegar a la raíz de los fenómenos. Y, por supuesto, no dejar de ser audaz y correr siempre los límites de lo posible. En fin, son hartas las cosas que uno pudiera hablar de Fidel. Pero pienso que los comunistas latinoamericanos y caribeños tenemos la fortuna –y el deber– de poder acudir a sus discursos, a sus escritos, a sus entrevistas y todo tipo de materiales. ¡La fuente está a mano, cabe a cada quien beber de ella a tiempo! — Si tuviera que recomendar una sola canción de Silvio Rodríguez para que un joven comience a comprender quién fue Fidel Castro, ¿cuál elegiría y por qué? — Me van a perdonar, pero elegiría dos. La primera, “Todo el mundo tiene su Moncada”. Porque ahí está el Fidel joven, el que en su calidad de abogado denunció a la dictadura de Batista en tribunales, pero de inmediato se aprestó a organizar desde cero un movimiento político en aras de recuperar la democracia y la soberanía arrebatadas a Cuba; el que presentó un proyecto político y un plan de lucha a la población, devolviéndoles la esperanza. Pero de igual forma el Fidel gregario, que siempre luchó en colectivo y que no se dejó vencer ante las derrotas –como la tragedia humana que devino tras el frustrado ataque a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en la madrugada del 26 de julio de 1953–. La asegunda, “El aguerrido pueblo de Fidel”. Porque ese discurso es muy conmovedor, allí se condensan la rabia, la furia y los valores, sueños más nobles y ansias de justicia de la Revolución. Y otra vez lo gregario: el cariño y amparo entre todas y todos, la humanidad a toda costa, la irrenunciable justeza de las ideas de los comunistas cubanos. |
