La mujer que sembró esperanza donde otros sembraron miedo
Hay mujeres que nacen para ser flores, otras para ser árboles de sombra generosa, otras para encender estrellas en la noche, y algunas, como tú, querida Imelda, nacen para ser las tres cosas: flor que perfuma los caminos, árbol que protege la esperanza y estrella que no se apaga cuando la oscuridad se vuelve inmensa.
Naciste donde el sol abraza la tierra, en el cálido regazo de Manaure, donde el viento trae canciones de la sierra y el corazón aprende desde niño a conversar con los silencios del paisaje.
Villanueva te vio crecer entre sus calles, entre los sueños sencillos de la infancia, cuando todavía no sabías que tus pasos llegarían tan lejos, ni que tu nombre habría de escribirse en las páginas más nobles de la resistencia y la esperanza.
Fuiste muchacha de libros y preguntas, de ojos abiertos al misterio de la vida, y Bogotá te recibió entre sus montañas para enseñarte que el conocimiento también puede convertirse en ternura, y que una mujer que aprende a pensar libremente jamás vuelve a caminar de rodillas.
La Universidad Nacional te abrió sus puertas, y allí, entre aulas, sueños y rebeldías, comprendiste que la economía no era solamente asunto de cifras, sino de panes ausentes en las mesas, de campesinos esperando justicia, de mujeres levantando sus hogares con las manos cansadas y el corazón lleno de amor.
Y te hiciste maestra, sembradora de preguntas y caminos, porque enseñar, querida Imelda, es una manera hermosa de querer al mundo, de entregar a otros la pequeña luz que alguna vez alguien encendió en nosotros.
Pero tu corazón tenía otros llamados, otras urgencias, otras primaveras.
Te llamó el pueblo de tu tierra, la voz humilde de sus calles, el dolor antiguo de los olvidados, y acudiste sin pedir privilegios, con la palabra limpia, con la frente erguida, con esa valentía serena de quienes no necesitan levantar la voz para demostrar la grandeza de su alma.
Fuiste concejala, constructora de causas compartidas, y ayudaste a levantar una esperanza que llevaba por nombre Causa Común, porque siempre supiste que ninguna felicidad es verdadera si no puede compartirse con los otros.
Después llegó la Unión Patriótica, aquel sueño de paz vestido de pueblo, aquella ilusión de cambiar las armas por las palabras, el miedo por la democracia, la muerte por el derecho a vivir.
Y tú estuviste allí, en la primera fila de los sueños, con el corazón abierto, con la alegría intacta, creyendo que Colombia merecía una historia distinta.
Pero llegaron los días oscuros, los nombres borrados por la violencia, los compañeros convertidos en ausencia, las voces apagadas antes del amanecer.
Y el dolor llamó a tu puerta.
Tuviste que marcharte, Imelda, dejar atrás los paisajes de tu infancia, las calles conocidas, el abrazo de los tuyos, la música entrañable de tu tierra.
Te fuiste llevando una patria en el pecho, una maleta de recuerdos y un puñado de sueños que se negaban a morir.
Suecia te recibió entre sus inviernos, entre sus bosques y sus nieves silenciosas, y allí, tan lejos del Caribe luminoso, aprendiste a conversar con la nostalgia.
Cuántas veces, quizás, miraste caer la nieve recordando el sol de Manaure. Cuántas veces el frío de la tarde te devolvió el calor de Villanueva. Cuántas noches el corazón viajero regresó en secreto a Valledupar para abrazar sus calles y su gente.
Pero no permitiste que el destierro te convirtiera en una mujer vencida.
Hiciste del exilio otra escuela, de la tristeza una fuerza, de la distancia un compromiso, y volviste a sembrar democracia en una tierra de otra lengua, de otros cielos, de otras maneras de nombrar la primavera.
También allí fuiste voz del pueblo, también allí defendiste la justicia, porque la solidaridad no tiene fronteras y el amor por los humildes no necesita pasaporte.
Y un día regresaste.
Regresaste como vuelven las golondrinas, como vuelve la lluvia a los sembrados, como vuelve la luz después de la tormenta.
No regresaste cargada de rencores, sino de sueños.
No trajiste las manos llenas de reproches, sino abiertas para seguir construyendo.
Volviste a tu Colombia querida, a sus dolores todavía sin respuesta, a sus esperanzas todavía inconclusas, para decirle con tu vida que la paz seguía siendo posible.
Recorriste caminos y veredas, hablaste de reconciliación, defendiste el derecho a la esperanza y pusiste tu palabra al servicio de quienes soñaban con una patria sin fusiles.
Fuiste vocera de paz, y después llevaste al Senado la memoria de tantos ausentes, la dignidad de los sobrevivientes, la perseverancia de las mujeres que no renuncian a transformar el mundo.
Pero, querida Imelda, más allá de los cargos y las fechas, de las tribunas y los discursos, hay algo tuyo que merece el más hermoso de los homenajes:
Esa manera dulce de ser valiente.
Esa fortaleza que no necesita dureza, esa firmeza que no renuncia a la ternura, esa capacidad de mirar el sufrimiento sin permitir que se marchite la esperanza.
Porque hay una belleza extraordinaria en las mujeres que han conocido el miedo y todavía saben regalar sonrisas.
Hay una nobleza inmensa en quienes han perdido tanto y continúan ofreciendo amor.
Y hay una grandeza que no cabe en ninguna medalla ni reconocimiento: la de permanecer fieles a sus principios cuando la vida pone a prueba hasta el último rincón del alma.
Imelda, mujer de soles y de nieves, de caminos recorridos y regresos, de luchas compartidas, de amistades entrañables, de sueños que envejecen sin rendirse.
Que nunca te falten las flores, ni las palabras buenas, ni los abrazos sinceros de quienes reconocen en tu historia una lección de dignidad humana.
Que la vida te devuelva en alegrías las lágrimas que alguna vez guardaste. Que el tiempo te conceda tardes serenas, conversaciones largas, risas compartidas, y la dulce compañía de quienes saben quererte.
Y cuando alguien pregunte quién fue Imelda Daza Cotes, que no respondan solamente con la historia de sus luchas, sus cargos o sus victorias.
Que digan, sobre todo:
Fue una mujer que amó profundamente a su pueblo. Que conoció el destierro sin perder sus raíces. Que enfrentó la injusticia sin abandonar la ternura. Que hizo de la paz una forma de existencia y de la dignidad su más hermosa bandera.
Que digan que hubo una mujer nacida bajo el sol del Cesar, que cruzó los mares con su esperanza, que sembró democracia entre las nieves y volvió a su patria con el corazón lleno de primaveras.
Y que cuando la historia quiera guardar su nombre, no lo escriba solamente sobre el mármol, ni lo encierre en los libros del pasado.
Que lo escriba en las flores, en las manos de las mujeres valientes, en la sonrisa de los niños, en el corazón de los pueblos que todavía sueñan con la justicia.
Porque hay vidas que pasan como una brisa ligera, y otras que permanecen como una canción de amor en la memoria de la tierra.
La tuya, querida Imelda, es de aquellas que no terminan: se vuelven semilla, se vuelven camino, se vuelven abrazo, se vuelven patria.
Y mientras exista alguien que crea en la paz, que defienda la vida, que se levante contra la injusticia sin renunciar a la bondad, allí estará también un poquito de tu alma, tu luminosa terquedad de esperanza, tu inagotable amor por Colombia.
Porque tú, Imelda, no solamente has vivido para luchar: has luchado para que la vida sea más hermosa, más digna, más libre y más humana.
CARLOS MEDINA GALLEGO
Con admiración, gratitud y profundo cariño, para Imelda Daza Cotes, mujer de convicciones firmes, corazón generoso y esperanza invencible.