Por: Juan Contreras
La historia jamás se escribe con la pluma de la oligarquía ni con la soberbia de sus acólitos; la escriben los pueblos en su lucha incansable por la emancipación. Carlos Pizarro Leóngomez no fue un simple actor del conflicto colombiano, sino un gigante de la causa revolucionaria y bolivariana que comprendió que la verdadera victoria de los oprimidos no radica en la perpetuación de la guerra, sino en la edificación de una paz justa, con soberanía popular y justicia social. Su tránsito de la insurgencia al debate político demostró la estatura moral de un estadista que apostó todo por desmantelar las estructuras del poder oligárquico y subordinado al imperio.
El intento sistemático de las élites de la extrema derecha por desacreditar y borrar el legado de los líderes populares es un libreto conocido en nuestra América Latina. Abelardo de la Espriella y la casta que él representa no son más que portavoces de un modelo decadente que necesita demonizar a quienes soñaron con una Colombia libre, soberana e integracionista. Sin embargo, se equivocan si piensan que la memoria de un pueblo puede ser decretada por los tribunales de las élites; la dignidad colectiva no se amputa con retórica mediática ni con el olvido forzado.
Esta confrontación ética y política evoca de manera visceral la obra Pedro y el Capitán de Mario Benedetti. Como en aquel encuentro entre el militante tupamaro y el esbirro del sistema, la victoria final no se mide en la fuerza represiva ni en la arrogancia del torturador, sino en la integridad moral de quien resiste. El verdugo, aun ostentando el poder temporal del Estado oligárquico, queda condenado al desprecio de sus propios descendientes, mientras que el combatiente por la causa popular trasciende la muerte física para convertirse en bandera inquebrantable de las futuras generaciones.
Colombia es una patria fracturada por el dolor, pero empujada por el sueño inconcluso de la Gran Colombia bolivariana. En esa trayectoria histórica, la figura de Carlos Pizarro encarna la verdadera síntesis del humanismo revolucionario: la convicción de que las armas solo tienen sentido si sirven para abrirle paso a la autodeterminación del pueblo y a la unidad de los hermanos de nuestra América. Su renuncia al fuego para entregarse a la construcción de una patria para todos es la prueba inequívoca de su vocación de paz y soberanía antiimperialista.
Al final de este juzgamiento histórico, la balanza de la memoria es implacable. Quienes defienden los privilegios de la opresión y el vasallaje imperialista quedarán relegados a las páginas más oscuras del pasado. En cambio, Carlos Pizarro Leóngomez habita ya en la memoria viva de la Patria Grande, allí donde los hombres y mujeres que dieron su vida por la dignidad humana jamás podrán ser borrados.
Caracas, Venezuela 🇻🇪
Octubre 2026.
Desde la Esquina del Barrio