¿PARA QUÉ SIRVE ALFREDO MANEIRO?

Por: Carlos Dürich

“Nada hay nada que pueda darse por ganado en la historia de las ideas; en ella, como en el mito de Sísifo, todo tiene que ser pensado cada vez de nuevo.”
Bolívar Echeverría

Cada 24 de octubre conmemoramos la muerte de Alfredo Maneiro, dicha fecha suele despertar el mismo ritual: unos lo recuerdan como el fundador de un grupúsculo que osó romper con el PCV y el MAS; otros lo elevan a la categoría de mártir de la pureza revolucionaria. Ninguna de las dos cosas sirve de mucho. La primera es un exorcismo que no comprende; la segunda, una momificación que no interpela.

Este artículo se escribe en el marco de un nuevo aniversario de su fallecimiento, cuando Venezuela atraviesa una crisis social, política y económica que ha transformado radicalmente el país que Maneiro conoció. Aquella Venezuela que él describía en 1974 como “un país nuevo rico” que “ha banalizado la vida totalmente debido al sobreingreso petrolero” ha devenido hoy un territorio tutelado, asediado por sanciones, con una economía devastada, servicios públicos colapsados y una sociedad fracturada.

Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cómo se organiza un pueblo para transformar la sociedad cuando todos los aparatos —el Estado, los partidos, la ideología dominante— están diseñados para impedirlo? Por eso, cuando se indaga por la vigencia de su pensamiento, la respuesta no está en la fidelidad a sus consignas, sino en la fidelidad a su problema: el de la construcción de una vanguardia revolucionaria en tiempos de descomposición social. Y ese problema, como se verá, no se resuelve con fórmulas heredadas, sino con la misma obstinación con la que Maneiro lo planteó en sus Notas políticas.

Lo fundamental, entonces, es determinar si la necesidad de un partido de nuevo tipo, la crítica al reformismo y la disputa por la dirección política de las masas han sido superadas o si, por el contrario, laten con más fuerza que nunca en las entrañas de una Venezuela tutelada y dependiente. Para responder a esto, hay que volver al testimonio mismo de su reflexión, a sus contradicciones y a sus afirmaciones, porque es allí donde se encuentra la fuente de cualquier vigencia posible.

Algunas formulaciones necesarias

El pensamiento político de Maneiro anida en la concepción de la organización como un proceso y no como un acto administrativo. En sus Notas negativas (1971) sostiene que la división del PCV no fue una operación exacta, sino “una división con residuo”, y que ese residuo —un grupo de cuadros y militantes activamente descontentos— se planteó la posibilidad de formar otro partido. Esa posibilidad, dice Maneiro, “fue considerada y rechazada”. ¿Por qué? Porque en ese momento el grupo era muy joven, inexperto y sin recursos, y un intento de organizarse formalmente habría fracasado. Sin embargo, con el tiempo, esas mismas razones se invirtieron: el grupo demostró que podía perseverar sin desmoralizarse y que podía encontrarse con otros activistas del movimiento popular.

Lo que antes era razón para no organizarse se convirtió en razón para intentarlo. Pero lo decisivo es que Maneiro no funda un partido tradicional —con estatutos, jerarquías y estructura cristalizada de una vez—, sino que inicia un proceso de construcción de vanguardia: una organización que se va haciendo desde abajo, en el encuentro con el movimiento popular, sin formas prefijadas de jerarquía y vida interna.

Esta distinción entre proceso y acto administrativo no es un detalle historiográfico: es la clave para pensar la organización en la Venezuela de hoy. En un país tutelado, con una crisis social, política y económica que ha desarticulado los lazos colectivos, la desconfianza hacia los aparatos partidistas es inmensa —y justificada—. Fundar un partido tradicional de la noche a la mañana, con estatutos y jerarquías, sería repetir el error que Maneiro identificó: confundir la forma con el contenido, creer que basta con decretar una organización para que esta exista.

La lección de Notas negativas es la contraria: la organización

revolucionaria no se decreta, se construye. Se hace en el encuentro con las luchas concretas —por el agua, por la luz, por la comida, por la dignidad—, en la articulación de experiencias dispersas, en la producción de confianza mutua. Es un proceso lento, laborioso, a menudo espontáneo, pero es el único que puede producir una vanguardia que no se convierta en un aparato burocrático más. En una Venezuela donde el Estado y los partidos han fracasado repetidamente, la pregunta de Maneiro sigue siendo la nuestra: ¿cómo construir organización sin reproducir las formas cristalizadas que han desmoralizado al pueblo?

Su nódulo principal es la calidad revolucionaria, transfigurada en su tensión dialéctica con la eficacia política. Maneiro define la eficacia política como “la capacidad de cualquier organización política para convertirse en una alternativa real de gobierno y para, eventualmente, llegar a dirigir este”. Y define la calidad revolucionaria como “la capacidad probable de sus miembros para participar en un esfuerzo dirigido a la transformación de la sociedad, a la creación de un nuevo sistema de relaciones humanas”. La superación de dicha tensión se alcanza por medio de la práctica, que es a la vez mecanismo y conducto de la experiencia popular. Su ordenamiento y disposición determinan una correlación de fuerzas y establecen un tipo de estrategia política: la construcción de una vanguardia desde abajo, en permanente formación.

Una vuelta breve a Notas políticas

Maneiro comienza sus Notas negativas partiendo de la contradicción entre la espontaneidad del movimiento popular y la conciencia socialista. La espontaneidad de las luchas —la reivindicación sindical, la protesta barrial— tiende a limitarse a lo inmediato, dislocando la lucha de su objetivo político. Bajo el entramado ideológico del “economicismo” y del “reformismo”, Maneiro formula su tesis central: la calidad revolucionaria no surge espontáneamente de la lucha reivindicativa, sino que debe ser “traída desde fuera” por los intelectuales orgánicos y por una organización que no se convierta en un fin en sí misma. En sus propias palabras: “En los últimos años, la quiebra de las organizaciones tradicionales ha extendido la convicción sobre la existencia de un profundo vacío de dirección revolucionaria”.

Bajo esta situación histórica surge la necesidad de un partido revolucionario y su entramado organizativo: la fusión entre el producto de la crisis del marxismo y el producto del movimiento espontáneo de masas. Maneiro lo dice así:

“nos imaginamos un esfuerzo que, al menos inicialmente, iba a ser el resultado del encuentro de este producto de la crisis del marxismo organizado que éramos nosotros, con el producto del movimiento espontáneo de masas”.

Pero la organización no es un cascarón vacío: su razón de ser es la disputa por la dirección política de las masas. Para ejercerla correctamente, Maneiro desarrolla dos herramientas teóricas: la crítica al burocratismo —la defensa de la democracia interna y la lucha contra el “espíritu de secta”—, que asegura que la conciencia parta de la realidad concreta y no de esquemas, y la crítica al nacional-reformismo —la imposibilidad de un desarrollo positivo sin ruptura de la dependencia—, que diagnostica la fase rentista del capital y señala la “cadena más débil” como punto de ruptura. Teoría del conocimiento y análisis histórico se conjugan: sin el primero, el partido es ciego; sin el segundo, la organización es impotente.

El imperialismo para Maneiro es la fase monopolista del capitalismo en la que la burguesía criolla administra la renta petrolera mientras impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Como el propio Maneiro lo formula en “Ante la situación nacional y el desconcierto de la izquierda”:

“El progreso social solo puede asociarse en nuestro país al desarrollo económico, que este desarrollo es esencialmente distinto al crecimiento operado, que es imposible en condiciones de capitalismo dependiente y, por eso, solo es concebible a partir de un cambio revolucionario de la estructura de la sociedad venezolana”.

Ante esta luz, Notas políticas y su Entrevista con Iván Loscher pueden conectarse: la primera explica por qué hay que destruir el Estado burgués y su lógica rentista; la segunda explica cómo organizarse para hacerlo sin caer en el vanguardismo de salón. En la entrevista, Maneiro afirma:

“La forma no es neutral, la forma tiene que ver… no se puede decir: ‘cualquier partido, no importa cómo esté formado, es válido si quienes lo dirigen o si la política que le imprimen es de cierta naturaleza’”.

Volviendo al presente: la Venezuela tutelada y el problema de la organización

La lucha de clases no es automática ni espontánea: es resultado de la organización política y de la teoría revolucionaria. Lo auténticamente manerista no es repetir consignas de 1971, sino definir en cada período histórico cómo la vanguardia puede articular las contradicciones principales. Para esto sirve el partido de nuevo tipo: no como receta, sino como método de organización que debe reinventarse en cada coyuntura. La forma no es neutral, la forma tiene que ver.

En su tiempo, la clase obrera se organizaba estrechamente vinculada a la fábrica y al sindicato. Hoy, sin embargo, el capital ha transformado sus métodos para impedir aquello que Maneiro consideraba el punto de partida: la organización popular autónoma.

La Venezuela actual —tutelada por poderes externos, asediada por sanciones, con una economía dolarizada de facto, servicios públicos en ruinas y una sociedad profundamente fracturada— presenta un cuadro que Maneiro habría reconocido en su lógica, aunque no en su forma.

Si él enfrentó un capitalismo que aún concentraba a los trabajadores en Sidor y en los barrios de Catia, el capitalismo contemporáneo ha desarrollado una estrategia de dispersión y precarización sistemática. El trabajo ya no es predominantemente fabril: es trabajo de plataforma, trabajo por cuenta propia forzado, trabajo remoto aislado, trabajo intermitente, migración masiva. La fábrica concentrada fue también la escuela de la organización obrera; hoy el capital ha reconfigurado la clase trabajadora para hacerla más difícil de organizar.

Sin embargo, Maneiro ya lo había anticipado:

“la transformación social y el proceso de crecimiento económico que la ha hecho posible ha aumentado las tensiones sociales, ha potenciado y robustecido el enfrentamiento tradicional de intereses entre el pueblo venezolano y las minorías privilegiadas”.

Frente a esta ofensiva, el problema manerista se vuelve más agudo: ¿cómo construir unidad de acción a partir de una multiplicidad de fragmentos? La respuesta es que ninguna lucha por sí sola puede derrocar al sistema. Pero todas juntas, articuladas en un programa común y dirigidas por una organización que no se disuelva, sí pueden hacerlo.

El partido no es un sustituto de las luchas de base, sino el hilo que las cose. Como escribió Maneiro en su entrevista con Agustín Blanco: “La política no es solo una cuestión de fines, sino de mediaciones. No se puede pretender llegar al socialismo sin construir los puentes que lo hagan posible”.

¿Dónde están las nuevas “cadenas más débiles”?

Maneiro nos enseñó que la revolución no estalla donde el capital es más fuerte, sino donde la cadena de dominación es más débil. En “Ante la situación nacional y el desconcierto de la izquierda” sostiene que “Venezuela es y vale petróleo; pero, dados ciertos cambios mundiales, esta condición petrolera puede devenir debilidad o fuerza nacional. Este es el verdadero sentido de la coyuntura”.

Hoy, la cadena débil es una constelación de crisis: la deuda externa como nuevo yugo colonial, la fractura ecológica como contradicción central, la reproducción social como campo de batalla (el trabajo de cuidado no remunerado), la migración masiva como válvula de escape de un sistema que expulsa a su población. Todas estas luchas —ecologistas, feministas, anti-deuda, por los servicios públicos, por la dignidad migrante— son expresiones de la misma contradicción fundamental entre el capital y la vida. En las ciudades latinoamericanas, los

movimientos de inquilinos (contra fondos de inversión como BlackRock) y los trabajadores de plataforma (Rappi, Uber) parecen inconexos. Pero un análisis manerista revela su unidad profunda: ambos son expresiones de la financiarización de la vida cotidiana.

El fantasma de la desorganización y la necesidad del partido

Se debate sobre la “crisis del partido tradicional”. El horizontalismo y el autonomismo han mostrado eficacia en luchas concretas (piqueteros, 15M, zapatistas). Pero su límite es el mismo que Maneiro identificó: sin una organización nacional y estable, las luchas locales se agotan en su propia inmediatez. El capital se organiza globalmente; pretender enfrentarlo con formas puramente locales es como combatir un ejército con guerrilla sin retaguardia.

Por eso, el pensamiento de Maneiro es una advertencia metodológica: la fragmentación de las luchas es el principal triunfo del capital contemporáneo. La tarea es la recomposición de la clase trabajadora en todas sus formas —no solo la fabril, sino la de plataforma, la de cuidado, la de inquilinos, la de migrantes— en una organización política unitaria. Pero esa unidad no puede ser una estructura cualquiera.

Maneiro ya lo había advertido en Notas negativas contra las organizaciones que se convierten en un fin en sí mismas:

“Estructuras así terminan por producir un militante condicionado, de mediocres aspiraciones y cuya audacia, valor y espíritu crítico se resuelve, a menudo, en una racionalización forzada de las verdades, valores e intereses del partido”.

La advertencia no es contra la organización, sino contra la burocratización de la organización. La unidad que necesitamos no es la que produce militantes condicionados, sino la que se construye como proceso, en el encuentro con las luchas concretas, sin jerarquías cristalizadas. Es decir: la recomposición de la clase trabajadora exige una organización que no reproduzca las formas que han desmoralizado al pueblo. La fragmentación se combate con unidad, sí, pero con una unidad que no se convierta en el espejo de aquello que critica.

Tres tareas para el manerismo del siglo XXI

  1. Diagnóstico de las nuevas formas de proletarización: todo aquel que depende del salario (o de su ausencia) disciplinado por la deuda forma parte del proletariado ampliado. Maneiro ya lo advertía: “el crecimiento económico ha arrojado y está arrojando considerables beneficios y, a la vez, ha exigido y está exigiendo un elevado costo”.
  2. Construcción de un programa mínimo común: exigir que las luchas reconozcan su enemigo común —el capital financiero, el imperialismo, el Estado criminalizador y la burguesía rentista—. Maneiro lo formuló así: “La lucha nacionalista y la subversión de las actuales relaciones sociales son hoy una y la misma empresa”.
  3. Reinvención del partido: no una copia de 1971, pero el principio organizativo —la fusión entre teoría y práctica, la democracia interna, la disciplina consciente— sigue siendo insustituible. Maneiro lo dejó claro: “La organización no es un fin en sí misma, sino un medio para la transformación de la sociedad. Cuando se convierte en un fin, se burocratiza y muere”.

Un horizonte para organizarse

Es necesario afirmar que todas las luchas que presionan hoy las lógicas dominantes son atravesadas por la necesidad de construir una herramienta política que las articule. Compartimos la posición de Rosa Luxemburgo —quien polemizó con Lenin—, pero adaptándola: la libertad es siempre libertad para los que piensan distinto. Sin embargo, sin organización no hay libertad posible.

¿Para qué sirve Alfredo Maneiro?

Lo esencial es admitir que hoy Maneiro sigue siendo útil. Seamos como Eric Hobsbawm, quien, frente al derrumbe de la URSS, señaló que el análisis marxista del imperialismo seguía siendo válido. Para los que pensamos como Maneiro —en una sociedad donde el libre desarrollo de cada quien sea la garantía del libre desarrollo de todos—, estamos en la obligación de rescatar la radicalidad de su pensamiento y, como afirmaba Bolívar Echeverría, pensarlo otra vez de nuevo. Porque

negarse hoy como manerista es abdicar de la organización, de la teoría y, finalmente, de la lucha.

Maneiro lo resumió en una frase que sigue siendo una advertencia para nuestro tiempo:

“En realidad, existen organizaciones revolucionarias que parecen solo preparadas para adueñarse del aparato del Estado existente con el objeto de ‘ponerlo en marcha para sus propios fines’”.

Contra esa tentación, contra la burocratización y contra la fragmentación, la vigencia de su pensamiento sigue siendo una tarea pendiente. En una Venezuela tutelada, donde la crisis social, política y económica ha desarticulado los lazos colectivos y ha sumido a millones en la supervivencia diaria, la pregunta de Maneiro no es un lujo intelectual: es una necesidad práctica.

¿Cómo reconstruir la organización popular en condiciones de dispersión, precariedad y desconfianza? ¿Cómo articular las luchas fragmentadas —por el agua, por la luz, por la comida, por la dignidad— en un proyecto común que no se agote en la inmediatez? ¿Cómo construir una vanguardia que no se convierta en un aparato burocrático más, sino que sea el hilo que cose las experiencias dispersas del pueblo?

Esas preguntas, que Maneiro planteó hace más de cincuenta años, siguen sin respuesta. Pero su pensamiento nos legó una certeza: sin organización no hay transformación posible. Y esa certeza, en la Venezuela de hoy, es más urgente que nunca.