Farruco Sesto
(Publicado en NÓSdiario, originalmente en gallego)
A propósito de la posición de Venezuela fijada por la presidenta Delcy en la ONU, quiero hacer unas reflexiones destinadas a los lectores y lectoras de este diario gallego en virtud de las muchas cosas que compartimos y precisamente por ello.
Son apenas unas reflexiones personales en esta realidad tan compleja para interpretar y entender, que me permito hacer en la voz alta de la escritura.
Comienzo por admitir que Venezuela, en las circunstancias en las que vive, decidió no inmolarse como pueblo, sino por el contrario intentar avanzar por un camino inesperado e inédito.
Nos preparamos durante años para resistir largamente una agresión, mientras sufríamos una guerra híbrida que nos arrasó en términos materiales, demolió nuestra economía petrolera y le hizo inmenso daño a nuestro pueblo. Guerra, por cierto, que no terminó. Ahora, habiendo sido sometidos a escenarios de extrema ferocidad, incluyendo el insólito secuestro presidencial, tuvimos que sentarnos a la mesa con nuestro enemigo (¿con quién si no?) para negociar la construcción de la paz.
¿Quiere decir eso que nos rendimos? No. De ninguna manera significa una claudicación. ¿Nos avergüenza esa búsqueda de la paz en una negociación asimétrica y forzada? No nos avergüenza. Como casi todos los pueblos del mundo aspiramos a vivir en una paz digna. Y de eso se trata, justamente, este camino de negociación, de por sí complicado, arriesgado y difícil con el más poderoso, ambicioso, amoral, y cruel imperio que el mundo haya conocido, sobre cuya palabra además aprendimos a no “confiar ni un tantito así”.
Una paz digna en condiciones tremendamente adversas. Tal es el camino que elegimos, pues no pensamos qué la inmolación colectiva, la de todo un país, fuera la mejor salida aquel terrible 3 de enero.
Medité sobre esto y creo firmemente que entre todos los escenarios posibles para los cuales estábamos preparados, aquel que posibilitara una larga resistencia con base a la guerra de todo el pueblo, no tuvo ni la mínima posibilidad. Tales fueron los hechos, las amenazas y la eficacia de nuestra capacidad militar de respuesta dependiente de un apoyo tecnológico externo del que carecemos.
Quiero recordarle a la izquierda gallega que nos acompañó hasta ahora, que “el análisis concreto de la situación concreta es el alma viva del marxismo” puesto que «no hay una verdad abstracta, la verdad siempre es concreta”, tal como lo aprendimos y practicamos en nuestras militancias.
Y es sobre esa realidad concreta vivida por nosotros íntimamente en todos sus aspectos, y no sobre unas ideas preconcebidas, que nuestro pueblo tomó este camino de diálogo complicado con el enemigo y de reconstrucción interna, salvaguardando nuestra soberanía.
¿Qué tuvimos que tragar arena? Sí, en efecto: tuvimos que tragar arena.
¿Significa eso renunciar al proyecto bolivariano y al legado de Chávez? Imposible para el pueblo chavista, pues eso constituye el oxígeno de nuestra vida política colectiva.
¿Traidores somos, acaso? No nos consideramos así. En lo personal creo conocer bastante a Chávez, formé parte de su equipo de gobierno, fui su amigo, lo seguí y estudié a fondo, y para nada me considero un traidor a su legado. Allá quien lo crea. Si al caso vamos, los que así mal piensen en esta parte del mundo, que se dediquen a hacer su propia revolución, a ver si es tan fácil: pues como dijo Fidel, y eso también lo tenemos claro, “el deber de un revolucionario es hacer la revolución”. Pues a eso. Y mucho éxito les deseo, de corazón, en el intento.
Mientras tanto, nosotros tratamos de hacer política participando además en la extraña tectónica geopolítica del tiempo actual, como amigos de todos los pueblos y con la causa humana como estandarte. En una época en la que los monstruos andan sueltos como nunca antes.
Las palabras de nuestra presidenta encargada en la ONU, así lo reflejan con suma claridad, con su “apego a la paz y rechazo de la violencia” y su firme creencia “en el poder del diálogo y el entendimiento”, afirmando, “sin ambigüedades que la paz, una paz justa, duradera, con dignidad para todas las partes, no es una aspiración ingenua, sino la única salida verdaderamente humana”
Siendo esto en esencia lo que hay, más allá del caleidoscópico juego de espejos de la diplomacia, imposible de interpretar a través de calculados silencios y de algunas imágenes
Para terminar estar notas, hago mías las palabras de Jorge Arreaza, nuestro querido diputado y rector de la Universidad de las Comunas, “Es fácil apresurarse a señalar a Venezuela desde la derecha o la izquierda. Los teclados y redes lo aguantan todo. Difícil es mantener la paz en circunstancias tan complejas y recuperar la economía tras años de agresión, para redistribuir la riqueza entre los más vulnerables”