Comparto éste análisis con el ánimo de realzar la moral de los que aún creemos y pensamos en el proceso bolivariano; abrazo y contemplo la necesidad de darlo a conocer para llenarnos y convencernos de que habrá una luz en medio de éste caos,en la que, los que lo hacen buscan es la dispersión material y moral de que sí es posible otro mundo; espero que mi intención logre ése objetivo: * ¿Es Delcy Rodríguez una traidora?
El 3 de enero EEUU secuestró a Maduro y soltó un ultimátum mafioso contra Venezuela.
La CIA lanzó ese mismo día el discurso de traición: que Delcy lo entregó.
La misma operación de Granada en 1983, cuando lograron que los revolucionarios se mataran entre ellos y luego invadieron sin resistencia. Esta vez no pasó lo mismo. El liderazgo se mantuvo unido. Y Delcy asumió.
Pero a las pocas semanas empezaron las decisiones que dolieron. Nueva Ley de Hidrocarburos. Transnacionales con condiciones inéditas. Misiones del FMI. El Banco Mundial de vuelta. Relaciones diplomáticas humillantes con el gobierno que secuestró a Maduro. Y un silencio espeso sobre qué se negoció exactamente.
Las denuncias no vinieron de cualquier lado. Desde influencers que se la jugaron por la Venezuela chavista como «Michelo», hasta intelectuales como Luis Britto García que lo llamaron «rendición incondicional».
Confío en que saben lo que dicen.
Denuncian entrega de soberanía petrolera, reformas laborales que liquidarán derechos, el regreso de la burguesía compradora.
Claudio Fermín lo resumió como: «Venden nuestro petróleo, lo cobran y depositan allá en sus cuentas. A la brava, un atraco a plena luz del día.»
Britto ya lanzó la advertencia: si las organizaciones existentes no asumen la resistencia, «cabe crear otras nuevas».
Estas posturas pesan. Tienen historia y argumentos que no se despachan con un tuit.
Por otro lado, pensadores como Ramón Grosfoguel plantean algo que me obliga a frenar una conclusión apresurada.
Lo que pasó el 3 de enero fue una guerra para la que no estábamos preparados. El ejército bolivariano se entrenó para la guerra del pueblo, cuerpo a cuerpo, como Vietnam. Lo que vino fue una pirámide aérea con satélites, aviones protegiendo a otros aviones, cortinas magnéticas interrumpiendo comunicaciones y una aplicación llamada Palantir que penetró los sistemas digitales.
En diez minutos todo el sistema antiaéreo estaba paralizado.
El pueblo salió a la calle con sus armas. No había contra quién disparar. Los soldados enemigos no estaban en las esquinas. Solo en el fuerte donde tenían a Maduro hubo combate cuerpo a cuerpo. Ahí la resistencia fue heroica y le dejó claro al imperio que invadir Venezuela es meterse en otro Vietnam. Pero el resto del país quedó expuesto a un ataque que venía del cielo.
Trump dio quince minutos. Dijo: sé dónde estás, si no aceptas negociar, te mato. Lógica mafiosa pura.
¿Qué hacías en esa situación? ¿Llamabas a resistir hasta el final, con Caracas amenazada de terminar como Gaza? ¿O tragabas sapos y ganabas tiempo?
Grosfoguel dice que el liderazgo bolivariano hizo un repliegue táctico. Y lo compara con Lenin en 1918.
Lenin firmó el tratado de Brest-Litovsk entregando a Alemania un territorio inmenso, con población, minas, petróleo, gas. La mitad de la izquierda lo llamó traidor. Pero si no firmaba, Alemania invadía y la revolución bolchevique terminaba ahí mismo. Lenin entregó todo eso para ganar tiempo.
Stalin hizo lo mismo en 1939 con el pacto Molotov-Ribbentrop. Firmó con los nazis y movió la frontera soviética más lejos. Ganó dos años y medio para prepararse antes de la invasión alemana que sabía que vendría. En ese momento muchos lo criticaron. La historia lo juzgó distinto.
Mao también. Cuando Japón invadió China, el Partido Comunista estaba en guerra civil contra Chiang Kai-shek. Chiang era un fascista que mataba comunistas a diario. Mao se alió con él. Se tapó la nariz y formó un frente de salvación nacional. Los generales de Chiang terminaron secuestrando a su propio líder para forzarlo a firmar la paz con los comunistas. Así pudieron enfrentar juntos a Japón.
Fidel en el período especial. Se cayó la Unión Soviética, desapareció el azúcar como industria principal, el bloqueo arreció. Fidel abrió el país al turismo y a las inversiones extranjeras en hotelería. La peor inversión capitalista que existe, pero necesitaba divisas para sobrevivir y prepararse.
Y Chávez el 4 de febrero del 92. Controlaban varias provincias. Pudieron seguir la lucha. Chávez supo que seguir significaba una masacre de su gente. Dijo «por ahora». Esas dos palabras guardan una filosofía entera. La lucha no avanza en línea recta. Avanza en zigzag. Dos pasos atrás, tres adelante.
Todos ellos aplicaron lo que Grosfoguel llama «flexibilidad táctica con astucia estratégica». La diferencia con los que cayeron es clara.
Gadafi entregó pozos petroleros creyendo que así lo dejarían tranquilo. Flexibilidad táctica, pero con ingenuidad estratégica. Lo mataron igual.
Assad en Siria sacó a Irán y a Hezbolá del territorio porque el imperio le prometió inversiones y fin de las sanciones. Era un canto de sirena. Apenas los sacó, lo tumbaron.
Saddam Hussein trabajó para la CIA durante la guerra contra Irán. Discrepó del libreto imperial en el tema palestino y bastó para que terminara en la horca.
El imperio nunca se conforma con tus recursos. Quiere tu cabeza.
Grosfoguel dice que la línea roja que se está preservando en Venezuela son las estructuras internas. El ejército bolivariano. Las milicias populares. Las comunas. El poder popular organizado.
La Ley de Hidrocarburos que se modificó ya venía discutiéndose antes del golpe porque el bloqueo tenía la industria petrolera destrozada, y sin ingresos no hay país que aguante.
El FMI es una imposición a cambio de que no te bombardeen.
Delcy, en su primera declaración, habló del «tinte sionista» del ataque. Semanas después dijo:
«Ya llegará el momento de que se conozcan los detalles. Lo que dicen de mí es irrelevante frente a defender la paz y la estabilidad de este país.»
Puede ser cierto. Puede ser una excusa.
Lo que Grosfoguel insiste es en que ese tiempo que se está ganando no es para ir a la playa a tomar cerveza. Es para corregir los errores militares del 3 de enero. Para reorganizar la defensa. Para fortalecer el poder popular. Para prepararse ante la próxima batalla.
Las vistas del Senado estadounidense de la semana pasada lo confirmaron. Ya no discuten el petróleo, eso lo tienen. Discuten cuándo tumbar al liderato.
Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Los que denuncian rendición o los que defienden repliegue?
Los dos.
Cada uno en lo suyo. Britto y Egido ejercen el artículo 130 de la Constitución: defender la Patria, denunciar lo que huele a entrega, mantener viva la conciencia crítica. Si esas voces no existieran, el gobierno podría dormirse en sus concesiones y terminar como Gadafi. Esas denuncias son un contrapeso indispensable.
Grosfoguel lee la correlación de fuerzas. Sabe que Venezuela está sola. Que China y Rusia no van a meter tropas en el Caribe arriesgando una guerra mundial. Que cuando te apuntan con un misil y te dan quince minutos, el heroísmo en abstracto es hermoso en un poema, pero en la práctica puede significar la aniquilación.
Delcy no es una traidora. Delcy es una mujer que carga con una tarea ingrata: dar la cara frente al enemigo mientras otra parte del liderazgo se mueve en las sombras reconstruyendo fuerzas. La historia la juzgará por lo que haga con el tiempo que está ganando.
Porque al final todo se reduce a eso. Al tiempo. Si lo estamos usando para prepararnos mejor. Para entender qué falló en las defensas. Para fortalecer el poder popular desde abajo. O si estamos esperando que nos salven de afuera, que Trump pierda las elecciones de noviembre, que ocurra un milagro geopolítico.
El destino de este proceso depende de esa respuesta.
Mientras tanto, lo peor que podemos hacer es morder el anzuelo de la CIA. Dividirnos, acusarnos, matarnos entre revolucionarios mientras el enemigo observa desde arriba esperando que terminemos su trabajo. En Granada funcionó.
Los que denuncian tienen derecho. Los que defienden también. Pero llamar traidor al que critica o vendepatria al que matiza es regalarle al enemigo lo que no pudo conseguir con bombas.
Obvio debemos estar muy atentos. Los hermanos venezolanos deben cuidarse de los que aprovechan la negociación con el opresor para dejarse susurrar. En esas mesas los vínculos se estrechan y el que no tiene la cabeza firme termina confundiendo al pederasta genocida con el socio.
Venezuela necesita que dejemos de destruirnos y pongamos toda la energía en lo que puede salvarnos: mantener la unidad, darle la bienvenida a la autocrítica, la cabeza fría y analítica, prepararse de verdad corrigiendo lo que falló, organizándose, armándose, construyendo poder real, usando este «tiempo de sumisión» sin desperdiciarlo.
Pienso en un mural que hicieron en la UPTC, acá en Bogotá, Colombia, con una frase de Camilo Torres:
«Insistamos en lo que nos une, prescindamos de lo que nos separa».
Ediccson__
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