PASIONES BÁRBARAS (A QUIEN PUEDA COMPETER) – JOSE SANT ROZ


  1. Tener y amar los libros es un karma… cómo pesan las bibliotecas, sobre todo cuando en este deambular de reacomodos en reacomodos, las llevas de un lado a otro, en medio de tormentas, que de veras, a veces no sabes cómo cubrirlas, protegerlas, ubicarlas. Porque rebasa todas las dimensiones de los espacios posibles en los que te toque vivir. Recuerdo la biblioteca que tenía Francisco de Miranda su compañera, llevada a través de mares tormentosos, por Cuba, EE UU, Egipto y Europa, con aquellos bellos libracos antiguos que pesaban un demonio. Es duro cuando legas a la conclusión de que amas tanto a tus libros que te han marcado para siempre como a las mujeres que has tenido, y que cada vez que te separa de una de tus amantes, vas dejando jirones de volúmenes y selecciones fabulosas regados y perdidos. Dios mío, qué maremágnum te dejan esos conflictos: obras que valen tanto y que te son tan caras como tus propios dolores o tus hijos. Y los libros son esas amantes que nunca te olvidan, a las que siempre tendrás que estar volviendo, buscándolas, recordándolas… tuve libros perdidos en tanto vendavales que no dejo de llorarlos todos los días.
  2. Releyendo el cuento “Felicidad clandestina” de Clarice Lispector, me ha venido a la memoria esa pasión que tomé por lo libros más o menos a partir de 18 años. Aunque desde niño, recuerdo que en mi casa de San Juan de los Morros estaba literalmente anegada de libros: en los patios, el jardín, la cocina, los baños, los cuartos, pasillos… Eran libros de mis hermanos Argenis y Adolfo. Pero aunque desde pequeño yo vivía fascinado por la palabra escrita, aún la obsesión por los libros no me había atrapado.
  3. A los 20 años, siendo estudiante en el Instituto Pedagógico de Caracas, comencé a frecuentar librerías y puestos de ventas de libros usados, y conocí particularmente al famoso librero Sérgio Alves Moreira (qué faro, carajo!), en los tiempos en que él trabaja en la “Librería Pensamiento Vivo”. Desde Chacaíto, pasando por Sabana Grande hasta El Silencio no había recoveco de libreros que no conociera, incluso tomé mucha afición por comprar libros de ciencia ya que comencé a ganarme la vida como profesor de matemáticas. Particularmente debo decir que trague más polvo que una cucaracha albina metido entre los infinitos anaqueles de la Gran Pulpería de Libro Venezolano, de Rafael Ramón Castellanos, gran amigo. Todos los hermanos Castellanos (entre ellos el noble Jonás) han sido amigos de aventura en mis trabajos de historia.
  4. Dos de mis hermanos fueron libreros Argenis y Felipe. Yo fundé una librería en Mérida, en un local del Centro Cultural Tulio Febres Cordero, que regentó durante un tiempo mi hijo Andrés. También levantamos una venta de libros usados junto al poeta Pedro Pablo Pereira, en la Facultad de Ciencias de la ULA. Con Pedro Pablo recorrí media Venezuela comprando y vendiendo libros. Con el poeta Pedro Pablo fundamos la editorial Kariña Editores y pudimos publicar más de treinta libros.
  5. Hablar de libros ha sido una de mis pasiones predilectas, que cada vez se me ha ido haciendo difícil compartirla. Llegué a disfrutar esta pasión, entre otros, con mis hermanos Argenis, Adolfo e Idilia; con Ramón J. Sender, Carlos Chalbaud Zerpa, Gudrum Olbbrich, Eloy Chalbaud Cardona, Ramón J. Velázquez, J. E. Ruiz Guevara, Ramón Palomares, Carlos Noguera, el padre Santiago López Palacios, Jean Marc De Civierux, Andrés Zavrostky…; en los últimos tiempos con William Osuna, Luis Brito García, Ricardo Romero, y José Javier León…. Debo aclarar que no tengo la cultura de los Robertos (Roberto Hernández Montoya y Roberto Malaver ni he tenido la oportunidad de hablar sobre libros con ellos, pero cuánto los amo y respeto, y escucho con fervor y placer todos los domingos)… Pues bien, llegué hasta convertirme en coleccionador de algunas bibliotecas de amigos que después de recibirlas me dediqué a buscar a quién donarlas, y lo hice a algunas universidades como la UNELLEZ y la propia ULA. Andrés Zavrostky me donó su extraordinaria biblioteca de Matemáticas que se la entregué al Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la ULA. El genio de J. E. Ruiz Guevara quiso donarme parte de su biblioteca, que ocupaba sólo en Mérida dos apartamentos (porque otra parte de esta inmensa biblioteca la tenía en Barinas).
  6. Logré formar mi primera biblioteca por allá, a finales de los sesenta cuando vivía en la Urbanización Pedro Camejo. De allí fue creciendo y cuando pasé a vivir en la urbanización Horizonte (en el Este de Caracas, cerca de Sebucán) ya ocupaba unos siete estantes. Luego, en Altamira en el edificio Marco Aurelio ocupaba dos cuartos de mi apartamento. Los libros nos sacaron a mí mujer y a mis hijos del apartamento, de tal modo que tuvimos que mudarnos a El Cafetal. Y aquí comienza otra historia, porque me voy a EE UU a hacer un doctorado en matemáticas y mis hermanas Idilia y Milagros se reparten parte de mis libros y otra gran selección de ellas queda en manos del escultor Orlando Campos. Resulta que para esta época, las bibliotecas tanto de Adolfo como de Argenis triplicaban cada una ellas la cantidad de los libros que yo poseía. Debo decir que la biblioteca de mi hermana Idilia llegó a tener en el año 1990, cuando fallece, cerca de siete mil ejemplares.
  7. En EE UU formé mi propia biblioteca adquiriendo libros (a precios muy baratos) sobre todo de los famosos descartes anuales que se hacían en las grandes bibliotecas universitarias de San Diego y Los Ángeles, California. Todos esos libros los logré enviar luego al puerto de La Guaira, una vez que regresé al país. Al volver a Venezuela pasé a trabajar en la Universidad de Oriente y llevé conmigo, en un camión 350, lo que pude reunir de los libros que tenía en Caracas. Entonces volví a EE UU, a trabajar en la Western Illinois University (WIU) y allí me convertir en un gran coleccionador de libros que luego pude enviar a y donar al Departamento de Matemáticas de la Universidad de Oriente, la UDO. Esto lo debe recordar mi amigo Benito Irady.
  8. Cuando me fui a trabajar a la WIU dejé mi biblioteca en cada de mi alumna Lucina Serra. De vuelta al país en 1984, de lo que quedó de ella me la llevé a Mérida. Construí en la Pedregosa Sur, un inmenso salón para alojarla, y comenzó a tomar cuerpo y a reproducirse incesantemente. Me separo de mi primera y querida esposa Carmen, y quedan jirones de libros por doquier. Formo con mi esposa María F. otra descomunal biblioteca en Residencias Cardenal Quintero que colma varios cuartos, hasta nos vemos obligado a emigrar hacia una enorme casa que construimos con especial interés de albergar en ellas los miles de hijos procreados en veinte años.
  9. Cuando Argenis vio que su vida se desintegraba ya totalmente, y cuando decidió retirarse de este mundo definitivamente (buscando un espacio en casa de mi hermano Adolfo, en San Juan de los Morros), me vendió su biblioteca, la cual fui a buscar a Caracas con el poeta Pedro Pablo. Cómo cargamos libros, periódicos y revistas, Dios mío!
  10. Viene otra separación y me llevó parte de mis más selectas obras a una posada a orillas del río Chama. Con estos jirones de libros convivo un año. Luego me mudo a un apartamento en la Urbanización Humboldt, en Mérida, y en estantes de metal levanto otra biblioteca. Una muchacha con la que convivo un tiempo, se lleva varias de mis obras más queridas, y me deja desgarrado para siempre…. Rehago mi vida y mis libros: vuelvo a casarme, estoy rodeado de libros por todas partes menos… por una… Con mi querida esposa María Eugenia construimos una casa de campo a cinco horas de Mérida, y allí encontramos espacios para instalar parte de nuestros queridos hijos lo libros, los que nunca nos han abandonado ni podrá ya hacerlo. Y ahí vamos, siempre con que la amenaza de que a la vez los libros acaben por hacerse de todos los espacios, silencios, amores, ternuras y recuerdos de esta vida generosa, grandiosa y que nunca morirá, gracias a ellos.
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