Día de Muertos vs. Halloween: dos tradiciones que dialogan con la muerte

Halloween y el Día de Muertos conviven en el calendario, pero sus raíces celtas y nahuas dibujan dos miradas irreconciliables sobre la muerte. Foto: EFE.

La tradición mexicana del Día de Muertos honra a los difuntos con altares y cempasúchil; la festividad anglosajona convierte el miedo en juego. Cada celebración expresa una relación distinta con el duelo y la memoria.

El 31 de octubre, Halloween pinta de naranja las calles de medio mundo. El 1 y el 2 de noviembre, México y buena parte de Latinoamérica encienden velas, despliegan altares coloridos y llenan los panteones de música, danza y comida. Son dos fechas separadas por un solo día; dos maneras de mirar a la muerte que no comparten ni origen ni gesto. Una huye de los espíritus, la otra los recibe con flores y azúcar.

Halloween nace en las islas de Irlanda, en el antiguo festival celta de Samhain. Los celtas lo celebraban la noche del 31 de octubre, cuando la cosecha terminaba y el invierno entraba. Creían que esa noche el velo entre vivos y difuntos se rompía, permitiendo que los espíritus de los muertos cruzaran al territorio de los que viven y caminaran entre la gente.

Para ahuyentarlos, los celtas encendían hogueras y se cubrían con pieles de animales. La estrategia era directa: asustar a lo que no se veía. Actualmente, la costumbre se celebra en distintas partes del mundo. El pueblo de Sleepy Hollow, en Estados Unidos, es uno de esos lugares. Tal como cuenta Henry Camelo, corresponsal de teleSUR, allí cada año lo festejan con una mezcla de leyenda, desfile y turismo que atrae a visitantes de todo el mundo. Personas de distintos continentes, muchas de ellas latinoamericanas, recorren cientos de kilómetros para caminar entre carrozas, decorar fachadas con calabazas y, sobre todo, encontrarse con la sombra del Jinete sin Cabeza.

Es que esta localidad es el origen de la famosa leyenda. Washington Irving, considerado el padre de las narraciones de fantasmas en Estados Unidos, plasmó a principios del siglo XIX este relato que, hasta hoy, se convirtió en una tradición que atrae a turistas de todo el mundo. Sin embargo, la tradición oral lo remonta a la Guerra de Independencia de Estados Unidos, cuando un soldado de origen alemán recibió una bala de cañón que le seccionó el cuello. Su cabeza nunca apareció. El cuerpo descansa en el camposanto junto a la vieja iglesia holandesa del pueblo y, desde entonces, según cuentan los vecinos, su espíritu cabalga cada noche en busca de lo que le falta.

Esa figura que, más asusta, entretiene, es el motor económico local en octubre. Kate Bulcher, una empresaria del pueblo, gestiona la Casa del Jinete sin Cabeza, un espacio que, según ella misma, recibe a miles de visitantes cada temporada. «El Jinete sin Cabeza es uno de los personajes más antiguos y significativos de nuestra tradición de Halloween», afirmó. También opera el local de dulces más antiguo de Estados Unidos, una tienda que, a juicio de su dueña, es la única del país que mantiene viva la tradición de barrio de la festividad.

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En este pueblo también destaca el desfile de Halloween, que reúne a residentes y forasteros en torno a carrozas que compiten por el detalle más elaborado. Niños y adultos recorren la ruta admirando cada construcción, cada personaje típico de la celebración. La jornada, que trasciende el susto, funciona como un plan familiar donde la creatividad local es la protagonista.

Pero la dimensión turística de Sleepy Hollow no se agota en octubre. La combinación de arquitectura colonial holandesa, la leyenda literaria y la escenografía callejera ha construido un producto cultural que funciona todo el año. Aun así, es en la semana de Halloween cuando el pueblo se transforma por completo, cada fachada se decora y cada vecino asume el papel de anfitrión de un fantasma.

Cuando el sol cae, los negocios cierran. No es precaución sanitaria ni horario municipal. Es respeto por la leyenda. En Sleepy Hollow, nadie quiere cruzarse con el Jinete; lo último que le gustaría a cualquiera es perder la cabeza también.

La expansión del cristianismo por Europa incorporó Samhain al calendario litúrgico. La noche anterior al Día de Todos los Santos heredó la fecha y, con el tiempo, se despojó de su carga religiosa. Lo que quedó fue una fiesta secular de disfraces, de dulces, de calabazas talladas, el «truco o trato» y las fiestas nocturnas.

El Día de Muertos honra a los que ya no están

El Día de Muertos tiene otra raíz, mucho más antigua en el continente. Los nahuas precolombinos, los pueblos que los europeos llamaron aztecas, no entendían la muerte como un corte definitivo. La veían como una continuación, una forma distinta de existir dentro del ciclo vital. Los difuntos podían volver entre los vivos para ver a quienes amaban.

En el siglo XVI, los españoles trajeron a México su calendario católico. La fiesta de Todos los Santos se sumó a los rituales nahuas y ambos se entrelazaron. De esa fusión nació la celebración del 1 al 2 de noviembre. En los hogares se levantan altares con velas, flores y ofrendas de comida; las familias acuden a los panteones a limpiar las tumbas. Calaveras de azúcar, desfiles, música y danza convierten el recuerdo en fiesta. No hay luto, hay memoria.

Halloween se ha vuelto, en gran parte del mundo, un fenómeno comercial que vende disfraces y caramelos. El Día de Muertos, en cambio, persiste como tradición cultural esencial en México y en buena parte de Latinoamérica. Una se compra en la tienda, la otra se hereda en la familia.

La diferencia de fondo no está en el disfraz ni en la calavera, está en la relación con el duelo. Halloween pone una máscara para no mirar de frente, mientras que el Día de Muertos abre la mesa y espera a compartir, aunque sea por un momento, con los seres queridos.

Conocer los orígenes y las tradiciones de cada festividad permite comprender la diversidad de culturas que conviven en un mismo calendario. No se trata de elegir una sobre la otra, se trata de entender por qué un pueblo huye de sus muertos y otro los sienta a la mesa. El 31 de octubre y el 1 de noviembre se repiten cada año. Y las dos expresiones siguen hablando, cada una en su idioma.

dia muertos cancun

Los mexicanos han llevado la tradición a donde van. En las fotos, la festividad en el Zócalo de México, en Praga, Cancún y Times Square. En otra foto, el cempasúchil, la flor que adorno altares, cementerios y hogares, cuyos pétalos guían las almas de los difuntos para volver a sus hogares en compañía de sus familiares que nunca los olvidan. Fotos: EFE.

Autor: teleSUR – Eduard Martínez – DE

Fuente: teleSUR