Por: Grisel Marroquí
Entre montañas de verdes infinitos, a un lado del camino que abraza a Caracas y al mar, a solo ocho minutos de La Guaira, se levanta Ciudad Caribia. Allí, bajo el cobijo de la Gran Misión Vivienda Venezuela, florecen sus cimientos: ciento treinta y siete edificios alzados para dar abrigo y memoria a las numerosas familias que quedaron sin techo tras la herida abierta de la vaguada de 1999. Una promesa hecha ciudad, concebida por el comandante Hugo Chávez como un modelo de urbanismo socialista y sustentable, ejemplo para toda la América Latina.
Hasta esa cumbre de casi mil metros de altura llegó en el año 2013 el sacerdote jesuita y periodista Numa Molina, atendiendo el llamado del propio presidente. Su tarea no ha sido sencilla: organizar a miles de almas marcadas por la huella indeleble del desastre, hombres y mujeres que necesitaban tanto el pan de la materia como el sostén del espíritu. Antiimperialista y enamorado de su pueblo, el “cura rojo” fundó el Comité de Espiritualidad y Crecimiento Humano, una trinchera fértil para sembrar valores en el corazón mismo de la comunidad.
Hoy la vida vuelve a poner a prueba sus pilares tras el terremoto del pasado 24 de junio. Aunque el dolor se hizo sentir de nuevo, la fortaleza del complejo prevaleció: solo siete edificios sufrieron afectaciones, conservando la solidez necesaria para su pronta rehabilitación. En medio de este desafío, continúa el andar compartido de la comunidad organizada con el Padre Numa y el Almirante José Luis Pestana Abreu, Autoridad Única de Ciudad Caribia, sumando voluntades para reconstruir, cimiento a cimiento, la dignidad y la calidad de vida de sus habitantes.
La medicina del arte y la memoria: gracias padre Numa, siempre gracias
En medio de esa penumbra, sepultada entre las ruinas de la tristeza cuando la tragedia reciente también se llevó a mi propia familia, apareció la presencia oportuna del padre Numa Molina. —arqueólogo de almas—, quien me rescató del abismo. No vino solo con palabras de consuelo, sino con la medicina más poderosa: el deber del amor y la acción, depositando en mis manos la hermosa responsabilidad de articular esta fiesta de luz para los niños y niñas de Ciudad Caribia, convencido de que el arte sana sanando a otros. Aceptar el llamado para vestir la esperanza de los más pequeños convirtió a las muñecas de trapo, las risas y los colores en mi propio refugio y sanación, demostrando que aun frente al dolor más hondo, la creación compartida es el único camino para mantenerse de pie. Y la respuesta de la cultura y la comunicación no se hizo esperar.
La convocatoria del afecto: Periodismo y arte en abrazo colectivo
Las colegas periodistas Helena Salcedo y Teresa Ovalles abrieron sus brazos para sumarse a esta fraternal tarea lúdica, convocando con amor a hermanos y hermanas del arte. Así acudieron Alejandrina Reyes con su canto libertario, Virginia Gallardo, con sus títeres Fanexis Tezara, instructora de fotografía, Armando Carías y los orfebres de la ternura militante del colectivo Comunicalle: Mariela Betancourt, Alejandro Serrano, Yadira González, Keudi López y Ricardo Zerpa, entre otros. Acompañados en este maravilloso encuentro las muñecas de Grisel Marroquì.
El sapo glotón
Bajo la sombra de los arbolitos y con los compañeros del módulo policial que custodia las inmediaciones del campamento transitorio, irrumpieron entre risas y asombro los títeres de Virginia Gallardo, Henrique Morgado y Wladimir Galindo con la historia del sapo glotón, incapaz de ocultar su voraz apetito. Tras comerse a los gusanitos, terminó en las fauces de un gran dragón. Arrepentido en la oscuridad de la barriga, el sapo logró el perdón; pero cuando el dragón pretendió comerse a la mismísima presentadora, Virginia, astuta y pila, lo puso en su lugar mandándolo de un tirón a la maleta.
Las muñecas
En ese mismo latido, llegaron mis muñecas de trapo, no para habitar la quietud de una repisa, sino para ser acariciadas por la infancia: los niños las tomaron en sus manos, les regalaron sonrisas pintadas con la libertad del trazo honesto y les tejieron cabelleras con estambres, dándoles identidad, fuerza y ternura. En cada trazo impreso en sus rostros y en cada estambre ajustado a sus cabezas, los niños no solo vistieron una muñeca: volcaron en ellas sus propios temores para no llevarlos solos. La muñeca de tela escucha sin juzgar, sostiene el dolor en la calidez de su regazo suave y se vuelve un faro donde la infancia deposita su fragilidad para volver a empezar, sanando las heridas del alma punto por punto, abrazo por abrazo.
En ese abrazo apretado contra el pecho, los pequeños les hablaron al oído con la confianza que solo entrega la inocencia. Las bautizaron con nombres nuevos para darles un lugar en el mundo, devolviéndoles la vida que el trapo espera pacientemente. A lo mejor, en ese murmullo compartido, los niños les contaron sin miedo la angustia del temblor, el crujido de la tierra y la tristeza honda por las casas que cedieron y las pertenencias queridas que quedaron atrás.
Fue un despliegue de vida donde los sueños se derrocharon sin medida sobre la tela y la memoria, mientras el dulzor de las tortas compartidas sellaba la fiesta. Porque allí, donde el dolor intenta echar raíces, el arte, la palabra y las muñecas se vuelven abrazo colectivo, recordándonos que sembrar la belleza en la mirada de un niño es también defender la dignidad de la tierra. Y es que las muñecas nunca son simples retazos de tela, hilos y costuras; cuando llegan a las manos de un niño, se convierten en refugio, testimonio y silencio guardador de secretos.
Precisamente entre esas risas, secretos y los juegos de los pequeños que pintan, visten y abrazan muñecas, destacó una presencia firme y luminosa: Janeth Madriz, hermana y compañera de tantos avatares. Jurista y magistrada quien conoció el rigor del sistema judicial, hoy demuestra que la verdadera justicia no solo se imparte con la toga puesta en un tribunal, sino compartiendo el pan, levantando escombros y estando al servicio del pueblo golpeado por la tragedia.
El terremoto la obligó a pausar su existencia. Quedó sin vivienda cuando el edificio Nautilus —su hogar durante más de veinte años, levantado de espaldas al mar— se derrumbó por completo. Bajo las ruinas no solo quedó su casa, sino la esperanza de encontrar con vida a sus vecinos y a José Manuel, el entrañable conserje y amigo de todos a quien buscó incansablemente durante días y noches. La ilusión terminó por apagarse tras jornadas exhaustivas entre los escombros.
Pero Janeth es una mujer “de colcha y cobija”, como dicen en el Llano: templada en la adversidad. Aún vive en La Guaira contemplando sus amaneceres y atardeceres, resguardada en una churuata construida al costado del desastre. Allí alberga a diez rescatistas que continúan moviendo las piedras del edificio para devolver la paz a los familiares de los desaparecidos. Ella sabe que el tiempo se llevará las ruinas, pero no la calidez de un lugar donde sigue habitando la memoria.
Llevando aún el peso de la tragedia, Janet hizo un alto y subió a Ciudad Caribia con sus dos nietas, Kamira y Araneth. Su propósito era claro: estar al lado de los niños que, como ella, lo habían perdido todo en un instante.
Mientras observaba a las niñas compartir con los demás pequeños en un lugar donde resplandecen las huellas indelebles del Arañero de Sabaneta, sintió una profunda revelación. Entendió que el amor verdadero no cae con los edificios ni se quiebra con los sismos; se convierte en abrazo, en juego y en la promesa inquebrantable de que la vida volverá a florecer.
La frutería de don Gaspar
En el espacio del gimnasio, transformado para la ocasión en un lugar de afectos milagrosos, Teresa se convirtió en el alma de la actividad. Luciendo sus rizos delicadamente acomodados en espirales sobre la serenidad de su rostro, y guiada por su eterna e inagotable inventadera, le hizo una petición muy especial al dramaturgo y promotor cultural Armando Carías, director del colectivo Comunicalle. Armando, muñeca en mano y engalanado con su sombrero Panamá, le obedeció como un niño que atesora la ternura de sus años escolares y abrió de par en par las puertas de “La frutería de Don Gaspar” —pieza inspirada en el clásico cuento Manzanita, de don Julio Garmendia—. El propósito era mágico y urgente: hacer que la piña, el mango, los cambures, la lechosa, el aguacate, las naranjas y las demás frutas criollas —sabrosas, jugosas y guardianas de nuestra identidad— se lucieran con orgullo ante niños y adultos, regalándoles a todos una hermosa lección de solidaridad y defensa de lo nuestro.
El grillito saltarín
Cri, cri, cri… Apareció el grillito frotando sus alas sobre la guitarra y la voz de la cantautora, docente y maestra pueblo Alejandrina Reyes —heredera del canto necesario de Alí Primera—, saltando junto a los niños en una lúdica danza que iluminó la mañana.
El educador y poeta Eucario García —visitante desde 2016 de la bóveda azul— era el papá de este grillito impertinente, aquel que no duerme ni deja dormir, desvelando con su aleteo de cantos nocturnales a la luna y a la aurora, mientras ellas, entre sonrisas y querellas, observan sus brincos marcando el pasar de la hora: Duerme, grillito, que la luna pegó un brinquito y dio la una.
Finalmente, tras el arrullo, el humanizado insecto cerró sus alas y replegó sus antenas para escuchar en silencio la voz de Alejandrina interpretando Un canto a la vida, del cultor tocuyense Gromansky Lameda, pieza musical que abraza con devoción de patria las raíces populares y la entereza cultural de nuestro pueblo.
Por su parte, la periodista Fanexys Tezara, instructora del Centro Nacional de la Fotografía (CENAF), aprovechó la atención y curiosidad de infantes y adultos para instruirlos en el manejo del modo profesional de sus teléfonos móviles. Con explicaciones prácticas sobre el ISO, el enfoque y la velocidad de obturación, les brindó las herramientas para convertirse en los retratistas de su propia memoria comunitaria.
Y así, dejando en el aire un eco de aplausos, Comunicalle finalizó con la presentación de la fábula Los seis sabios ciegos y el elefante. Entre la risa y el asombro de los niños, recomponían sus atavíos teatrales con la certeza de volver: esa legión de hombres y mujeres sensibles que, guiados por la mística de Armando Carías, le dan en las calles nombre y rostro al esfuerzo, empeñados en seguir transformando las aceras en aulas y las esquinas en escenarios vivos.
Nos montamos en el autobús de regreso a Caracas, llenos de gratitud con el gordo Héctor, presidente de la línea Transcaricuao, y con los conductores Gerardo y Francisco por la amabilidad y la paciencia durante el viaje.
Celeste, desbordada de emociones, ocupó su puesto junto a la ventana para atesorar en sus ojos los paisajes del Waraira Repano y el desfile de la niebla sobre la montaña. ¿Y en cuanto al paquidermo? ¡Pues el elefante se tuvo que quedar allá arriba en la cumbre, porque sencillamente no cupo en el autobús!
Nos despedimos de la montaña: con el corazón lleno de historias, la memoria viva entre las manos y la certeza de que, aunque el elefante no haya bajado, la alegría y la magia de este día se vinieron completas con nosotros.