Por Geraldina Colotti. Resumen Latinoamericano 15 de julio 2026.
Hay una imagen que detiene el tiempo. Viene de las montañas de Nicaragua, de los años en que la historia decidió cambiar de rumbo, y trae consigo el olor a tierra mojada, a juventud y a coraje. En primer plano, tendida entre la hierba alta, una muchacha fija la mira de su fusil. Tiene el cabello oscuro, rizado, enmarcando un rostro todavía infantil; sus ojos, limpios y terriblemente serios, miran de frente, más allá del lente, hacia un futuro que entonces estaba todo por conquistar. Detrás de ella, otras compañeras, las muchachas, empuñan las armas con la misma postura orgullosa.
Esta foto no habla de la guerra como un fin, sino de la defensa de la vida como un principio. Habla de una generación de mujeres –correos, enfermeras, militantes, comandantes– que abandonaron el destino doméstico al que la dictadura de Somoza las condenaba para inventar, mochila al hombro, un amanecer de liberación. Eran la columna vertebral del Frente Sandinista de Liberación Nacional. En sus manos, el fusil no era un instrumento de muerte, sino la garantía de que ningún niño nicaragüense volvería a morir de hambre o a quedar en el analfabetismo. Aquella que Julio Cortázar definió, con admirable síntesis, como «la revolución más tierna de la historia», caminaba sobre sus piernas y miraba a través de sus ojos.
Cada 19 de julio, esa misma luz en los ojos de las muchachas se vuelve a encender en las plazas de Managua y en los barrios históricos como Monimbó. Porque la Revolución Sandinista no es una pieza arqueológica para celebrar con nostalgia; es un proceso vivo, una trinchera cotidiana que continúa en el presente.
A pesar de los ataques incesantes, los intentos de asfixia económica, las campañas de desinformación orquestadas por los habituales centros de poder global y los intentos de golpe de Estado silenciosos, Nicaragua defiende hoy con uñas y dientes las conquistas de aquella ruptura histórica.
Lo hace garantizando salud gratuita, una educación que llega hasta las comunidades rurales más aisladas, la soberanía alimentaria y, sobre todo, ese protagonismo femenino que, precisamente a partir de las montañas de 1979, redefinió las relaciones sociales del país. Las hijas y nietas de aquellas guerrilleras hoy lideran cooperativas, hospitales y ministerios, llevando adelante la misma determinación. Tienen los ojos profundos y decididos de la copresidenta Rosario Murillo, quien guía al país sandinista junto al comandante Daniel Ortega.
Pero celebrar el 19 de julio significa también hacer memoria de la justicia negada. Hay una cuestión pendiente que clama venganza ante el derecho internacional: la histórica sentencia de la Corte Internacional de Justicia del 27 de junio de 1986. Hace cuarenta años, La Haya condenó sin apelación a los Estados Unidos por sus actividades militares y paramilitares contra Nicaragua –por el financiamiento de la contra, el minado de los puertos y el embargo ilegal.
La Corte estableció la obligación de Washington de indemnizar materialmente al pueblo nicaragüense por los daños inmensos infligidos a su economía y a su gente. Una reparación multimillonaria que el imperio del Norte siempre se ha negado a pagar, pretendiendo en cambio seguir dando lecciones de democracia a través de nuevas «sanciones» y agresiones unilaterales.
Esa deuda pendiente no es solo una cifra económica; es el símbolo de una impunidad imperial que el Sur global no olvida. Reivindicar esa indemnización hoy no es solo un acto de justicia para Nicaragua, sino una advertencia para la soberanía de todos los pueblos libres.
Miremos de nuevo el rostro de esa joven guerrillera tendida entre la hierba. La suya no es una pose beligerante; es una promesa de lealtad a su propia tierra y a sus propios ideales.
En este 19 de julio celebramos la fuerza de quienes nunca han dejado de creer que al imperio se le puede vencer, que la solidaridad de clase es la única y verdadera moneda de cambio entre los pueblos y que la memoria histórica de las revoluciones es el arma más afilada contra el silencio algorítmico del presente. La revolución continúa, con la misma ternura de entonces y con la determinación de siempre. ¡Patria libre o morir!