Por: Lic. Juan Contreras
A veces, el ruido del presente, el asedio constante, el bloqueo que asfixia, la tentación de la claudicación técnica intenta nublarnos la vista. Nos quieren convencidos de que la historia terminó, de que el camino de la sumisión es la única ruta posible hacia el progreso. Pero yo, desde mi propia trinchera, desde el lugar donde la voz se hace colectiva, te digo: no olvidemos de dónde venimos.
Venimos de la resistencia, esa que se forjó en el lodo y en la sangre de quienes se negaron a ser colonia. No somos producto de un azar histórico ni de una concesión graciosa de las élites; somos hijos e hijas de una ruptura radical con el orden establecido. Nuestra identidad política no es una pieza de museo, es una herramienta de combate.
Hablar de memoria es un acto profundamente revolucionario.
Nuestra herencia no son los despachos con aire acondicionado, sino los pasillos de las fábricas tomadas, las asambleas campesinas bajo el sol abrasador y la conciencia de clase que se despertó cuando entendimos que nuestro trabajo no era nuestro, sino el combustible de un sistema voraz. La izquierda, mi izquierda, no es un discurso abstracto ni una planilla de Excel para gestionar la miseria. Es el compromiso innegociable con el de abajo, con el sujeto histórico que fue invisibilizado por siglos de saqueo colonial.
Ser antiimperialista hoy no es una postura estética, es una urgencia de supervivencia. Seguimos viendo cómo el imperio, con sus garras de deuda externa y su diplomacia del garrote, intenta marcar nuestro destino. Nos quieren convencer de que soberanía es una palabra vieja, un concepto que no «vende» en el mercado de la política moderna. ¡Mienten! Sin soberanía, no hay posibilidad de justicia. No se puede repartir lo que no se posee, y no se posee lo que se entrega en bandeja a los poderes transnacionales.
Mirar atrás es tomar impulso.
Cuando me pregunto qué nos trajo hasta aquí, no veo las vitrinas de los centros comerciales ni las promesas del capital. Veo el rostro de los mártires que cayeron exigiendo tierra, educación y dignidad. Veo a los pueblos que se alzaron contra el tutelaje extranjero. Cada logro que hoy defendemos tiene la marca de esa lucha. Si bajamos la guardia, si nos dejamos seducir por la comodidad de la integración sumisa al sistema global, estaremos traicionando no solo a nuestros antepasados, sino a las generaciones que todavía no han nacido y que merecen heredar un mundo donde no manden los dueños del dinero.
Compañero, compañera: no pierdas el hilo rojo. La política revolucionaria requiere disciplina, sí, pero sobre todo requiere memoria intransigente. El imperio no perdona, porque el capital nunca tiene suficiente. Por eso, nuestra única respuesta posible es la unidad profunda en la lucha, la radicalización de la democracia en manos del pueblo y la convicción absoluta de que nuestro destino no se escribe en Washington, ni en Bruselas, ni en Wall Street.
Se escribe aquí, en nuestra tierra, con nuestras manos, con nuestra historia y con la certeza inamovible de que la victoria solo pertenece a quienes no se olvidan de dónde vienen.
La lucha sigue. La historia es nuestra. ¡Hasta la victoria siempre!
Lunes 15 de junio de 2026.
Caracas, Venezuela 🇻🇪.
Desde el Barrio