La prisión que atraviesa hogares: el costo humano del encarcelamiento político

María de los Ángeles Graterol


María de los Ángeles Graterol
|marzo 22, 2026

Cuando uno cae preso, no cae solo. La cárcel se expande hacia afuera en la vida de quienes esperan. Mientras los detenidos enfrentan torturas, aislamiento y tratos degradantes de forma individual, las familias aprenden a habitar otra forma de encierro: uno de retahilas de trámites, de traslados, de silencios y de ausencias; uno que reduce la vida a un mismo punto de partida… el de la puerta de una prisión y la esperanza de que algún día se abra


Cada noche, en una casa cercana a Ramo Verde, una luz permanece encendida mientras un niño reza por su padre antes de dormir. Durante años creyó que trabajaba como custodio en el Centro Nacional de Procesados y Penados Militares. Esa fue la versión que sostuvo su madre hasta el 3 de enero, cuando decidió decirle la verdad: Reinaldo Finol, teniente de la Guardia Nacional, no estaba trabajando allí, estaba preso.

Crecer sin su papá ya era suficientemente abrumador como para, además, introducirlo en el mundo del dolor de las familias venezolanas con presos políticos. Pero la posibilidad de una liberación llevó a Nelsy Solano a romper el silencio que sostuvo durante cinco años.

«Todas las noches oramos por él y me da mucha tristeza, pero confiando en Dios, porque lo vamos a tener de vuelta», dice Andy Finol.

Su rutina no es la de otros niños. Los viernes por la tarde, en lugar de ir al parque o jugar videojuegos, va a visitar a su papá, quien tiene una causa abierta por el caso del llamado «espía americano», Matthew John, posteriormente canjeado por los sobrinos de Cilia Flores detenidos en Estados Unidos. «Yo pensaba que tenía un trabajo normal, pero cuando supe la verdad lo que hacía era llorar», cuenta.

Llora porque lo extraña. Porque en sus días importantes, como su graduación de preescolar, la silla para su papá quedó vacía y solo su madre se levantó a aplaudirlo. Ha crecido con una figura paterna que, si bien está presente, no lo acompaña en el día a día, y sus horas de disfrute se reducen a un juego de pelota en la cancha de la prisión.

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Esa ausencia se le instaló en su cuerpo. Nelsy recuerda que, cuando supo la verdad, su hijo comenzó a llorar por las noches, preguntando cuándo iba a salir su papá, repitiendo que era inocente. En medio de ese duelo cotidiano, también se evidenció la otra carga: la de criar sola. «A él le hace falta su papá. Hay cosas que le correspondería enseñarle a él, y me ha tocado a mí asumirlas», dice.

La detención no solo fracturó el vínculo entre padre e hijo. Reordenó toda la vida familiar. Originarios del Zulia, madre e hijo se mudaron a Caracas siguiendo el rastro del proceso judicial. Primero Agua Salud, al oeste de la ciudad, cuando Finol estaba recluido en Zona 7, en Boleíta. Luego, con su traslado a Ramo Verde, otra mudanza: una casa modesta en un barrio cercano a la prisión. La estabilidad quedó en el aire.

Ese movimiento constante impactó directamente en la infancia de Andy. «Como no tenía un lugar fijo donde estar, no lo inscribí de inmediato. Entró al preescolar cuando estaba por cumplir cinco años, en tercer nivel, casi para salir», explica Nelsy. Hoy, él cursa tercer grado, aunque con rezago. Su rutina se repite sin variaciones: de la escuela a la casa y de la casa a la visita.

«Mi hijo no ha tenido una infancia como cualquier otro niño», dice. Y, sin embargo, la vida se abre paso dentro de los márgenes que impone la cárcel. «Mis cumpleaños los celebramos donde mi papá. Una vez lo hicimos en la casa porque no había visita, pero al día siguiente me prepararon todo allá, en el hall o en la habitación», cuenta Andy, sin dramatismos, como si fuera normal.

No es solo ausencia: es una infancia totalmente reconfigurada, donde incluso la celebración depende de los tiempos y espacios de un penal.

Pero esa adaptación empezó mucho antes. Desde el inicio del proceso, Andy ha estado presente incluso en los momentos más duros. Nelsy lo llevaba a tribunales porque no tenía con quién dejarlo, y las esperas podían durar horas. «Nos ponían en el sótano. El niño se me dormía y yo ponía cartones en la acera para acostarlo, porque no tenía a quién dejárselo. Y ahí estábamos, pegados, esperando, con la esperanza de que mi esposo saliera en ese momento», recuerda.

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La mujer de hierro

Nelsy no es sólo madre de Andy. Tiene otra hija en el Zulia, de una relación anterior, a quien no pudo traer consigo cuando decidió mudarse. «No podía estar con mi hija y con el bebé. No podía tenerlos a los dos y ella estaba estudiando. Entonces, para no atrasarla, preferí que se quedara con mi mamá». cuenta. Lloró al dejarla, pero hoy se aferra a una certeza: su hija logró graduarse de bachiller. «Si me la hubiera traído, lo que iba a hacer era retrasar sus estudios».

La distancia es otra forma de pérdida que se suma a la prisión.

Porque Nelsy tampoco ha dejado de ser mujer. Vive de hacer uñas, poner pestañas y arreglar cejas, trabajos con los que sostiene a su familia y también a su esposo. Pero en ese intento por sostenerlo todo, ella misma ha quedado relegada. «Uno se aferra a la libertad de ellos. Lo mío es la casa, el encierro y buscarle una solución a que mi esposo salga de donde está. Sí, me he descuidado bastante, pero aquí sigo en pie de lucha», dice.

Tenía 29 años cuando Finol fue detenido. Hoy tiene 36. En ese tránsito, se ha visto distinta: «Por dentro me siento una mujer de hierro, porque he sacado algo dentro de mí que no sabía que estaba ahí». La fortaleza, sin embargo, no borra la falta. «Mi esposo me hace falta en mi casa», dice, y en esa frase corta cabe todo lo que no se puede reponer, como dormir juntos, compartir lo cotidiano, criar de manera conjunta.

Y también pesa lo material. «Hemos pasado hambre, hemos pasado desnudez, hemos pasado trabajo. Él era el sustento de nosotros», cuenta.

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Su sacrificio es total, pero no se limita al plano emocional: baja de Los Teques a Caracas dos o tres veces por semana para entregar papeles, mover trámites y abrir caminos dentro del proceso de amnistía. Cada viaje implica dinero, esfuerzo y agotamiento, pero no hay otra opción: «Me ha tocado venir varias veces a llevar papeles, a buscar, a mover todo esto, con tal de conseguir una solución”, dice. A veces tiene poco, pero le alcanza de poquito en poquito.En medio de la precariedad, la fe funciona como el único sostén, a veces, explica, tiene poco, pero le alcanza. «Dios me multiplica 30 dólares como 500».

La vida de Nelsy se ha reorganizado completamente alrededor de la cárcel: lo que falta, lo que se espera, lo que se intenta resolver. Mientras, Andy crece entre escuela, casa y visita; ella entre trámites, espera y lucha. A veces no hay parque, ni helado, ni paseo. Y aun así, ambos siguen.

Porque cuando uno cae preso, no cae solo. La cárcel se expande hacia afuera en la vida de quienes esperan. Mientras los detenidos enfrentan torturas, aislamiento y tratos degradantes de forma individual, las familias aprenden a habitar otra forma de encierro: uno de retahilas de trámites, de traslados, de silencios y de ausencias; uno que reduce la vida a un mismo punto de partida, el de la puerta de una prisión y la esperanza de que algún día se abra.

*Lea también: Un mes de la Ley de Amnistía: pocos puntos favorables de un instrumento excluyente

La vejez atravesada por la prisión

Nereida Finol tiene 68 años y viene de Paraguaipoa, en la Guajira zuliana. Siempre usa vestidos indígenas. Habla despacio. Cuando recuerda el día en que le dijeron que su hijo estaba preso, apenas alcanza a decir «Ay, Dios» antes de que se le quiebre la voz. Luego llora.

«No es fácil», dice.

Ver a su hijo implica un trayecto que no debería estar haciendo a su edad. Desde su casa hasta Maracaibo son cerca de dos horas por carretera . Desde allí, el viaje continúa hacia Caracas, más de 600 kilómetros por tierra . Después, otro traslado hasta Los Teques y finalmente hasta Ramo Verde. Un recorrido que puede tomar más de 12 horas en autobús, sin contar esperas ni conexiones. Por eso no puede verlo cada semana. Apenas un par de veces al año.

Pero es madre. Y eso, en su caso, se mide en peso. Cuando viajaba con más frecuencia, llegaba con tres sacos de comida: yuca, arroz, harina, granos, carne. A veces un ovejo entero, congelado, cargado desde la Guajira. También carbón. Todo para cocinarle su plato favorito: chivo en coco.

«Me vengo con tres sacos», dice. «Le traigo de todo». El esfuerzo no es solo económico. Es físico.

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Recuerda una caída subiendo unas escaleras empinadas cuando Nelsy vivía en Agua Salud. “Me resbalé. Casi se me cae una olla de sopa encima. Ella fue la que me auxilió”. Después se enfermó. Cree que el desgaste del viaje y los traslados de casi una hora hasta Zona 7 le pasaron factura.

Y aun así volvía. Porque el tiempo con su hijo siempre ha sido mínimo. «Eran 15 minutos los que nos daban. No nos daba ni tiempo de reposar la comida. Comíamos con él. Era un momentico», dice. En una de esas visitas, en diciembre, le llevó majarete y dulce de lechosa con piña.

En Ramo Verde, al menos ha podido abrazarlo. «Me lo sacaron… y lloré bastante». Pero el encuentro siempre termina igual. “Cada vez que vengo me dice: ‘¿te vais sola?’… y yo me voy”, comenta.

Ahora ya no hace el mismo trayecto. Se mudó para estar más cerca, para apoyar a Nelsy mientras intenta destrabar el caso de su hijo. También para cuidar a su nieto, para que ella pueda moverse entre oficinas, tribunales y gestiones. Es otra forma de sostener, porque si algo ha cambiado en estos años es que la cárcel dejó de ser solo el lugar donde está su hijo. Se volvió también el centro alrededor del cual gira su vida.

Nereida no debería estar cargando sacos ni cruzando medio país a los 68 años. No debería estar contando minutos para ver a su hijo. No debería estar organizando su vejez en función de una prisión, pero lo hace porque cuando un hijo cae preso, una madre no se queda atrás.

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