Para conocer la vida cotidiana de Bolívar en 1820, nada mejor que recurrir a las Memorias de Daniel Florencio O’ Leary (1801-1854) miliar irlandés que fue su edecán del 17 de septiembre de 1819. Según lo describe O’ Leary; “Bolívar, el Libertador, solía levantarse a las seis de la mañana y luego de atender a su escrupuloso arreglo personal, pasaba a inspeccionar el cuidado de sus caballos. De regreso a su cuarto, leía hasta las nueve, hora en que se servía el almuerzo. Acabado este, recibía los informes del ministro de Guerra, de su secretario Privado y del jefe del estado Mayor.
Bolívar escuchaba los informes paseando en el cuarto, o sentado en la hamaca, de la que se levantaba repentinamente cada vez que alguno de aquellos informes le causaba sorpresa o llamaban su atención.
Sus lecturas preferidas estaban relacionadas a la historia y a la política, si bien amaba la buena literatura, de la que tenía una ´predilección muy especial por la poesía.
Bolívar tenía la frente alta, pero no muy ancha, y surcada de arrugas desde temprana edad, indicio de pensador, pobladas y bien formadas las cejas. Los ojos negros, vivos y penetrantes. La nariz larga y perfecta, tuvo en ella un pequeño lobanillo que le preocupó mucho, hasta que desapareció en 1820, dejando una señal casi imperceptible.
Los pómulos alientes; las mejillas hundidas, desde que le conocí en 1818. La boca fea, y los labios algo gruesos. La distancia de la nariz a la boca era notable. Los dientes blancos, uniforme, y bellísimos, cuidábalos con esmero. Las orejas grandes, pero bien puestas.
El pelo negro, fino y crespo, lo llevaba largo en los 1818- 1821, en que empezó a encanecer, y desde entonces lo uso corto. Las patillas y los bigotes rubios; se los afeitó por primera vez en el Potosí, en 1825.
Su estatura era de cinco pies, seis pulgadas inglesas. Tenía pecho angosto; el cuerpo delgado, las piernas, sobre todo.
La piel morena y algo áspera. Las manos y los pies pequeños y bien formados. Su aspecto cuando estaba de buen humor, era apacible. Pero terrible, cuando irritado, el cambio era increíble”.
Continua O’Leary; “Bolívar tenía siempre un buen apetito, pero sabía sufrir hambre como nadie. Aunque grande apreciador y conocedor de la buena cocina, comía con gusto los sencillos y primitivos manjares llaneros o del indio. Era muy sobrio, ni en la época en que más vino tomaba, nunca le vi beber más de cuatro copas de aquel o dos de este”.
“Hacía mucho ejercicio. No he conocido a nadie que soportase como él las fatigas. Después de una jornada que bastaría para rende ir el hombre más robusto, lo he visto trabajar cinco o seis horas, o bailar otras tantas, con aquella pasión que tenía por el baile.
Dormía cinco o seis horas de las veinticuatro, en hamaca, en catre, o sobre un cuero o envuelto en su capa, en el suelo y a campo raso, como pudiera hacerlo sobre una blanda pluma.
Su sueño era tan ligero y su despertar tan pronto que no a otra cosa debió su salvación de la vida en el Rincón de los Toros.
En el alcance de la vista y en lo fino del oído, no le aventajaban ni los llaneros.
Era diestro en el manejo de las armas, y diestrísimo jinete, aunque no muy apuesto a caballo.
Prefería la vida del campo a la de la ciudad. Detestaba a los borrachos y a los jugadores, pero más que a estos a los chismosos y embusteros.
Era tan leal y caballeroso, que no permitía que en su presencia se hablase mal de otros. La amistad era para él, palabra sagrada”
“Su generosidad rayaba en lo pródigo. No sólo daba cuanto tenía suyo, sino que se endeudaba para servir a los demás. Pródigo con lo propio, era casi mezquino con los caudales públicos.”.
“Bolívar derrotado era más temible que vencedor, decían sus enemigos. Los reveses lo hacían superior a sí mismo”.
Jorge Estrella
Durán- 20-03-26