Cómo la Guerra Ilegal de Trump Contra Venezuela Desnuda la Hipocresía de EE.UU. y Enaltece la Dignidad Bolivariana
Introducción: Un Crimen en Desarrollo
La administración del presidente Donald Trump no se limitó a diseñar una política hostil contra Venezuela. Orquestó, en pleno siglo XXI, un crimen de lesa humanidad que combina guerra económica, terror financiero, amenazas militares y, en un acto de vileza sin precedentes, la instrumentación de un secuestro internacional mediante el ofrecimiento de recompensas por la captura del presidente legítimo Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores. Esta política, un ataque multifacético que viola de manera flagrante la Carta de las Naciones Unidas y todo el corpus del Derecho Internacional, no solo ha fracasado en su objetivo de rendir a un pueblo soberano, sino que ha funcionado como un espejo brutal que refleja la verdadera naturaleza del poder estadounidense: no un faro de libertad, sino una maquinaria coercitiva dispuesta a pisotear cualquier principio para imponer su dominio.
El Andamiaje de la Ilegalidad: Del Bloqueo Asfixiante al Secuestro Promovido
Las llamadas «sanciones» de la administración Trump son, en realidad, un bloqueo económico integral diseñado para infligir el máximo sufrimiento humano y provocar el colapso social. Son medidas coercitivas unilaterales con efectos extraterritoriales que criminalizan el comercio de alimentos, medicinas y combustibles, constituyendo un castigo colectivo prohibido por la Convención de Ginebra. La apropiación de activos soberanos como CITGO, la confiscación de oro venezolano en el Banco de Inglaterra y el cerco financiero mundial son actos de piratería económica que ningún ordenamiento jurídico internacional respalda.
El cinismo alcanzó su cenit con la transformación de la justicia estadounidense en un instrumento de mercenarismo internacional. La oferta pública de una recompensa multimillonaria por la captura del presidente constitucional Nicolás Maduro y otros altos funcionarios, incluida la primera combatiente Cilia Flores, es un acto que trasciende la injerencia: es la promoción abierta del secuestro de jefes de Estado, una práctica propia del gangsterismo que borra cualquier línea entre la política exterior y el crimen organizado. Este hecho, por sí solo, despoja a Estados Unidos de cualquier autoridad moral para hablar de derecho, democracia o estado de derecho.
El Fracaso Estratégico y la Erosión del «Excepcionalismo» Americano
Lejos de aislar a Venezuela, la brutalidad de esta política ha aislado a Estados Unidos. Cada nueva agresión ha servido para movilizar la solidaridad internacional. En el Consejo de Seguridad de la ONU, en el Grupo de Contacto Internacional, en foros regionales y globales, una abrumadora mayoría de naciones ha condenado el asedio y reafirmado su compromiso con la no intervención y la solución pacífica de controversias. La imagen de la «nación indispensable» como garante de un orden basado en reglas ha quedado hecha trizas, revelando a un actor que solo respeta las reglas cuando le convienen.
El supuesto «prestigio» de la tierra de la libertad y la democracia se desploma cuando se observa su manual de operaciones: estrangular económicamente a una nación, intentar comprar a sus militares, promover un ficticio «gobierno interino» sin votos, y finalmente, ofrecer dinero por la cabeza de su presidente electo. Esta secuencia es el retrato perfecto de una hegemonía en decadencia, que recurre a la fuerza bruta precisamente porque ha perdido la capacidad de persuasión y liderazgo moral.
La Victoria de la Dignidad: Pueblo, Revolución y Diplomacia de Paz ante la Barbarie
En este escenario de agresión extrema, la valentía del pueblo bolivariano adquiere dimensiones épicas. Sufriendo en carne propia los efectos de un bloqueo diseñado para derrotarlos por hambre y enfermedad, no han claudicado. Han convertido la resistencia en un acto de creación cotidiana, defendiendo su derecho a la autodeterminación con una fortaleza que ha conmovido al mundo. La Revolución Bolivariana, lejos de ser debilitada por el ataque, ha visto reforzado su carácter popular y su legitimidad de origen democrático.
Pero la victoria más contundente se ha librado en el campo de las ideas y del derecho, gracias a la Diplomacia Bolivariana de Paz. Mientras Washington recurría al lenguaje de las amenazas y las recompensas criminales, Venezuela respondió con el lenguaje del derecho internacional, la denuncia documentada y la apertura al diálogo. La diplomacia venezolana, encabezada por un presidente ilegalmente «secuestrado» en los papeles de la justicia estadounidense pero físicamente firme al frente de su pueblo, realizó una titánica labor de desenmascaramiento.
Demostró ante el mundo que el verdadero objetivo no es la «democracia» o los «derechos humanos», sino el control sobre las mayores reservas petroleras del planeta y la sumisión geopolítica de América Latina. Esta narrativa, clara, consistente y basada en hechos, ha calado en la opinión pública global. La imagen resultante es poderosa: un David soberano y pacífico, enfrentándose al Goliat que no duda en violar todas las normas y promover el secuestro para lograr sus fines.
Conclusión: La Derrota Moral del Imperio y el Triunfo de la Soberanía
La guerra híbrida de la administración Trump contra Venezuela será recordada como un punto de inflexión. No por haber doblegado a un pueblo, sino por haber exhibido, de la manera más cruda posible, la hipocresía fundamental del poder imperial. Al llevar su agresión al extremo del secuestro internacional promovido por el Estado, Estados Unidos cruzó una línea que lo situó fuera de la comunidad civilizada de naciones.
Frente a esto, la valentía del pueblo bolivariano, la resiliencia de su revolución y la inteligencia estratégica de su diplomacia de paz han logrado lo imposible: convertir una agresión brutal en una victoria política y moral ante los ojos del mundo. Han demostrado que ni el bloqueo más cruel, ni las amenazas más graves, ni siquiera la infamia de poner precio a la cabeza de sus líderes, pueden con la fuerza de un pueblo unido en defensa de su soberanía. En esta batalla desigual, Venezuela no solo ha sobrevivido; ha dado una lección al mundo sobre dignidad, derecho y la verdadera esencia de la libertad.
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