Por: Angela Maria Calli Vicente.
Venezuela no estaba en situación de normalidad. El país se encontraba en estado de alerta operacional, con dispositivos de seguridad activados, inteligencia en máxima tensión y protocolos diseñados precisamente para repeler un ataque interno o externo. La Fuerza Armada había sido advertida. El escenario estaba previsto.
En ese contexto, se produjo el hecho más grave posible: el secuestro del comandante en jefe, Nicolás Maduro. En doctrina militar, un evento de esa magnitud activa de inmediato la respuesta armada automática, la defensa del objetivo estratégico y el cierre total del teatro de operaciones. Nada de eso ocurrió.
Desde el Ministerio del Poder Popular para la Defensa, el general Vladimir Padrino López no emitió orden de fuego, no activó unidades de reacción, no ordenó despliegues ni contraataques. La cadena de mando permaneció en silencio. En términos estrictamente militares, ese silencio no es neutral: es una decisión.
Cuando un país está preparado para un ataque y este se produce sin respuesta, solo existen tres lecturas posibles. La primera es complicidad, es decir, traiciòn conocimiento previo y consentimiento operativo. La segunda es pasividad estratégica, esperar el desenlace para acomodarse al nuevo equilibrio de poder. La tercera es la más grave desde el punto de vista institucional: pérdida efectiva del control de las fuerzas, lo que convierte al ministro en una figura formal sin mando real.
En cualquiera de los tres escenarios, el resultado es el mismo. La doctrina militar es clara: la inacción ante un ataque al centro del poder equivale a abandonar la defensa del Estado. Un ministro de Defensa que no responde cuando el país estaba listo para combatir no es un garante de seguridad, sino un actor del quiebre.
En lenguaje castrense, no hubo sorpresa. Hubo preparación.
Y aun así, no hubo respuesta.
TRAICIÒN.
Autor:Angela Maria Calli Vicente.