Por Ximena Gonzalez Broquen, TeleSUR, Resumen Latinoamericano, 14 de marzo de 2026.
Voy a abordar hoy un tema que podría parecer, a simple vista, abstracto. Pero permítanme decirles que no hay nada más concreto, más material, más corporal, que la guerra que se libra en el terreno de los relatos. Porque es allí donde se decide si un pueblo existe o no existe, si nombra el mundo o es nombrado por otros, si es sujeto de su propia historia o sigue siendo objeto de la historia del colonizador.
Hemos vivido días de agresión profunda, preparada con años de asedio: bloqueo criminal, amenaza militar, secuestro de nuestras máximas autoridades constitucionales. Bombardeo. Mi institución, espacio de producción de conocimiento para la vida, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, sufrió en sus instalaciones el impacto directo de la barbarie de esos misiles que buscan destruir nuestra capacidad de producir pensamiento propio.
Esta violencia física, que destruye infraestructura y amenaza vidas, es la expresión más brutal de una guerra que se libra en múltiples dimensiones. Pero es importante comprender que estas violencias no serían posibles sin una guerra de relatos que las preceda, las justifique y las naturalice. El imperio necesita convencer al mundo —y a nuestros propios pueblos— de que la agresión es liberación, de que el secuestro es justicia,. Y es allí donde la memoria viva se vuelve nuestra principal herramienta estratégica.
Para entender este entramado de opresiones que nos atraviesan, tenemos que volver a los fundamentos. La colonialidad no fue solo un sistema de explotación económica: fue, ante todo, un sistema de secuestro de la palabra, de imposición de un relato único sobre lo humano, lo bello, lo verdadero,
Cuando los invasores europeos llegaron a Abya Yala y a África, lo primero que hicieron fue destruir códices ,quemar libros, prohibir lenguas, demonizar espiritualidades. Necesitaban borrar la memoria de los pueblos para poder inscribir su propio relato: el relato de que éramos seres sin alma, sin historia, sin razón. Esta empresa de aniquilamiento simbólico fue la primera gran operación imperialista de guerra de relatos.
Y esa operación no terminó con las independencias formales. El racismo estructural, la invisibilización de los conocimientos y prácticas de los pueblos originarios y africanos, la educación que nos enseñó la historia de Europa como si fuera la historia universal —y no la historia de nuestras resistencias, de nuestras rebeliones, de nuestras cosmovisiones—, todo eso es parte de la misma guerra: la guerra por mantenernos enajenados de nuestra propia memoria, desconectados de nuestra propia potencia.
Frente a esa guerra, necesitamos una memoria que no sea la del museo, la del archivo polvoriento, la del relato oficial que se visita en fechas patrias. Esa memoria domesticada no amenaza a nadie. El imperio no teme a los monumentos; teme a la memoria que late en los cuerpos, que se transmite en los rituales, que se enciende en las luchas.
Cuando Frantz Fanon nos hablaba de la desalienación, nos decía que el colonizado debe liberarse no solo de las cadenas materiales, sino de ese universo de representaciones en el que ha sido encerrado. La enajenación subjetiva es el mecanismo más silencioso y profundo de la dominación: es cuando el oprimido termina viéndose con los ojos del opresor, avergonzándose de su propia cultura, de su propia memoria.
Porque la identidad de un pueblo no se reduce a expresiones folclóricas. Es, más bien, un ethos, una manera de estar en el mundo, una constelación de memorias, afectos y prácticas de reciprocidad que se han tejido a lo largo de generaciones. Es la certeza de que pertenecemos a una comunidad que nos trasciende. Esa fuerza de vida, esa energía creadora que ha parido revoluciones, es lo que quieren destruir. Quieren convertirnos en espectadores de nuestra propia desaparición, en seres sin memoria, sin capacidad de soñar un futuro propio.
Por eso la memoria viva es una herramienta de liberación. No es solo recordar el pasado: es reconocer el patrón. Es saber que el secuestro de nuestras autoridades responde a la misma lógica que asesinó a Patrice Lumumba y disolvió su cuerpo en ácido: la lógica de querer borrar el símbolo vivo de la soberanía.
Frente a eso la memoria viva Es también, y fundamentalmente, reconocimiento de la resistencia. Es saber que nuestros ancestros y ancestras encontraron formas de preservar lo esencial incluso en las condiciones más adversas, que la creatividad de los pueblos para reexistir es inagotable.
La memoria viva se convierte así en herramienta estratégica descolonial porque nos permite leer el presente con claves del pasado para proyectar un futuro liberado. Nos dota de un archivo vivo de luchas, tácticas y saberes forjados en la adversidad, que hoy nos ofrecen rutas para enfrentar el fascismo contemporáneo.
Ahora bien, si la memoria viva es herramienta estratégica, tenemos que preguntarnos: ¿cómo opera? ¿cómo la activamos?
En nuestros pueblos, la memoria no funciona como la concibe la epistemología eurocéntrica. Nuestras memorias son prácticas relacionales, tecnologías de producción de conocimiento que operan en otras claves. Se transmiten en el relato compartido, en el secreto que guarda la comunidad, , en el silencio que protege lo sagrado, en la organización comunitaria que apela a la cooperación que nos legaron nuestros antepasados.
Y esto nos lleva al corazón de la guerra de relatos que hoy enfrentamos. Porque en estas semanas hemos visto desplegarse una operación de guerra psicológica que busca fracturar lo que la agresión externa no pudo destruir: la unidad de nuestro pueblo.
Esa que, con distintas voces, nos quiere hacer creer que lo ocurrido reveló una supuesta fractura interna. Esa que susurra que hubo pactos secretos, que la lealtad se quebró, que el liderazgo claudicó ante las presiones del imperio. Esa que siembra la duda sobre la continuidad del proyecto histórico, aprovechándose de la incertidumbre y el dolor que toda agresión genera.
Tenemos que desmontar esta operación con la fuerza de la verdad y con la memoria de nuestra historia.
Estas narrativas no son nuevas. Son las mismas voces que, durante años, intentaron instalar la idea de una supuesta desviación del rumbo, de una traición a los principios fundacionales. Ahora, instaladas en laboratorios de guerra cognitiva, han actualizado su guion, reciclando viejas acusaciones. Nos dicen que el proceso se estaría «entregando», que habría pactos secretos, que la dignidad se estaría negociando.
Es el mismo libreto, reciclado. Es la táctica del divide et impera aplicada una vez más.
Pero hay un elemento crucial que estas narrativas ignoran: la unidad de nuestro pueblo se ha demostrado en los hechos. Se demostró en la serenidad con que se asumió la continuidad constitucional. Se demostró en la movilización instantánea en las calles. Se demostró en la capacidad de mantener la vida cotidiana, en la tranquilidad activa de un pueblo que no se rinde. Esa unidad se expresó en la I Consulta Popular de este domingo 8 de Marzo, donde un sinfín de venezolanas y venezolanos, organizados en sus bases, ejercieron directamente la democracia. Esa jornada fue manifestación de memoria viva en acto: la puesta en práctica de esa fuerza de vida que heredamos, de esa capacidad de autogobierno y organización colectiva que nos ha permitido resistir siglos.
La unidad no es eslogan: es realidad que se encarna en la capacidad de organización colectiva.
Porque lo que está en juego aquí es una operación más profunda: la de construirnos nuevamente como seres incapaces de habitar la complejidad. Frente a la narrativa hegemónica que ofrece una política dogmática y lineal, un fundamentalismo de la pureza revolucionaria, la memoria viva de nuestros pueblos nos enseña otra lección. Nuestras comunidades han sobrevivido siglos gracias a una profunda capacidad de adaptación estratégica, a una sabiduría práctica para navegar la incertidumbre sin perder el norte. Esa sabiduría nos permite entender la política no como camino rectilíneo, sino como territorio complejo donde es necesario trazar rumbos creativos.
Desde una perspectiva descolonial, la soberanía no puede entenderse como esencia inmutable que se posee o se pierde de una vez para siempre. La soberanía es praxis, es quehacer constante, es la capacidad de los pueblos para tomar decisiones en condiciones extremas, para navegar la incertidumbre sin renunciar a su horizonte liberador. Es proceso, construcción cotidiana, tejido que se hace y rehace en la lucha.
La experiencia de Nuestra América está llena de enseñanzas sobre conjugar firmeza de principios con creatividad de tácticas, sobre el arte de navegar aguas turbulentas sin naufragar. La memoria de la organización popular —desde cabildos afrodescendientes y resguardos indígenas hasta asambleas comunitarias y consejos comunales— nos habla de una inteligencia colectiva que siempre ha sabido adaptar sus formas de resistencia a las circunstancias, manteniendo viva la llama de la autodeterminación.
Es expresión de esa sabiduría profunda que permite a los pueblos mirar a lo más hondo de su historia para encontrar caminos de sobrevivencia. Es la apuesta por fortalecer la soberanía a través de las rutas posibles, aquellas que la correlación de fuerzas permite transitar sin renunciar a la dignidad.
Estamos en momento crucial. Se trata de discernir cómo mantener vivas las condiciones materiales y espirituales que nos permiten sostener el proyecto colectivo, sin perder de vista que la sobrevivencia no es fin en sí mismo sino base para seguir construyendo el horizonte liberador.
El camino es arduo. Es doloroso. Es complejo.
Y es justo en ese laberinto donde se nos invita a un acto de amor verdaderamente revolucionario: la confianza. Pero no la confianza ciega, sino la confianza sustentada en la memoria, en esa memoria que llevamos inscrita en lo más profundo, que nos recuerda cómo y por qué hemos sobrevivido, quiénes somos, y cuál es el legado de lucha que nos constituye como pueblo.
Y es aquí donde debemos articular las dos ideas que hemos venido planteando: memoria viva y guerra de relatos. Si la memoria viva es la herramienta estratégica, la que nutre nuestro ser y nuestra praxis, la guerra de relatos es el campo de batalla táctico donde hoy se disputa el sentido de esa memoria. La estrategia es la preservación de nuestra identidad profunda, de nuestra soberanía como praxis; la táctica es la defensa cotidiana de nuestro relato frente a la ofensiva permanente del imperio.
Ser solidario es entonces s armarse de memoria para confiar en nosotros y nosotras. Porque la pregunta no es sobre nuestra capacidad de resistir —esa ya está demostrada— sino sobre nuestra disposición a comprendernos, a confiar en nuestra historia, en nuestra memoria, en nuestra capacidad colectiva para seguir creando, desde la complejidad, nuevas formas de ser y hacer revolución.
Sigamos recordando. Sigamos nombrando. Sigamos tejiendo ese archipiélago de memorias insurgentes que ya le está ganando la guerra de relatos al imperio.
Porque la memoria viva no es nostalgia. Es arma. Es trinchera.
Por eso, ante la urgencia de esta época de deshumanización programada, convocarnos una vez más a levantar las banderas de las ideas y la belleza, a combatir el fascismo con creación, a enfrentar la guerra cognitiva con pensamiento propio y con amor por lo nuestro.
Construyamos esa articulación por la soberanía y la liberación cognitiva del Sur Global.
Denunciemos el ataque militar, exijamos la liberación de nuestro presidente Nicolás Maduro y de nuestra primera combatiente Cilia Flores, exijamos el cese del bloqueo criminal. Defendamos integralmente nuestra soberanía.
Y mientras haya un intelectual, un artista, un movimiento social, una comunidad organizada, un pueblo en Cuba, en Palestina, en Venezuela, en Irán, en el Sur Global, dispuesto a decir «yo soy la memoria, nosotros somos la memoria», el imperio no podrá descansar.
Porque como nos enseñó Amílcar Cabral, la liberación nacional es, ante todo, un acto de cultura. Y la cultura es memoria que se niega a morir.