Por: Enrique Ochoa Antich
Este cronista rondaba los míticos 15 años cuando, conversando con el Dios crucificado, lo desafió a darle una prueba mortal de su existencia. Sin entrar en detalles, aquella suerte de ordalía confrontó a este escribidor por vez primera a la nada inmensa de la muerte.
Despojado bruscamente de propósito a causa de su personal expulsión del Edén, afanado por hallar otro que sustituyera a su Paraíso perdido, algo como una utopía que justificase su existencia, hubo de encontrarlo en lo que, echando mano de un concepto sartreano, podemos llamar la mirada de los otros. Es en nuestro semejante que podemos encontrar un sentido para esta pasión inútil, para este absurdo que puede llegar a ser la vida cuando tiene por colofón el no-ser de la muerte, es decir, la nada. Es el otro quien nos justifica.
Confundiendo sus creencias cristianas y sus apresuradas primeras lecturas marxianas, este cronista encontró por fin su residencia en la tierra, para usar la frase de Neruda: el compromiso con los otros. Amar al prójimo como a sí mismo, comenzando por los más pobres. El reino de la libertad sin gobierno y sin Estado. La justicia social. Tomar el cielo por asalto, luego del Mayo francés y de la Primavera de Praga. «Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar», recitaba con Martí.
El compromiso con los otros nos saca de nuestra individualidad para hacernos muchos. «Soy enorme, contengo multitudes» escribió Walt Whitman. Cuando se asume el compromiso a plenitud y sin cortapisas, el interés personal pasa a un segundo plano. Ya no importan los bienes materiales ni el placer sensual de la posesión. Descosificado, basta el goce del amor hecho carne, o de alguna novela magnífica, o de la amistad y la camaradería con los que comparten su lucha. Así se tiene todo.
El compromiso se basta a sí mismo, más allá de sus resultados. Cuando el aspirante a discípulo le pide al Paracelso de Borges: «Quiero recorrer el camino que conduce a la Piedra», el anciano alquimista le responde: «El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta».
Abandonando todo, riqueza, familia, incluso poder, a cuenta del propósito de hacer parte de un sueño de transformación social, quien lo asume a plenitud sabe que el compromiso rebosa en nuestro pecho, sin ambages, sin esguinces. Los derechos del otro, aquí y ahora, por los que se contiende con denuedo, son los derechos del ser humano desde sus orígenes y hasta siempre. Cualquier madre a la que una bala policial arrancara de su lado a su hijo bienamado, es, a no dudar, todas las madres del mundo.
El guerrero cansado detiene su cabalgadura. Ya no es un adolescente sino un anciano. Al horizonte despunta la alborada. Quiere volcarse a sus lecturas y escrituras, a sus hijos, a su familia, a sus amigos, a la duda de una mujer inalcanzable. Y sin embargo lo tienta un postrero compromiso. Su patria reclama el concurso de sus mejores hijos, ahora que la posibilidad de porvenir es un presente palpitante. Oye aún las bombardas de un enero infame. Pero la última batalla está por suceder. El guerrero sueña con la conquista de la fortaleza de altas murallas. Y apresta su yelmo, su peto, su espaldar, su lanza en ristre y su adarga antigua, como cuenta Cervantes del Quijote. Calculadas sus fuerzas y las de sus contendores, el guerrero sabe que su victoria es improbable. Sin embargo, en su rostro se dibuja una sonrisa. En verdad, la derrota le importa poco. Porque esta justa, esta reyerta desquiciada, esta turbada ensoñación se justifica por sí misma. Entonces exclama:
-¡Avante!
Y espolea su corcel de cara al amanecer.