La década de los ochenta trajo a Willie Colón como solista. No quiso seguir dependiendo de voces ajenas ni del dinero compartido que ya le había traído problemas. Foto: EFE
23 de febrero de 2026
Fue un músico extraordinario. Pero cuando cambió el trombón por la tribuna política, perdió el compás —y algo más que eso.
Antonia Román Pintor es la gran protagonista femenina de una historia que culminó físicamente este sábado 21 de febrero de 2026, y que comenzó cuando miró por primera vez a su nieto.
Toña, como siempre le llamaron, había salido de Puerto Rico en 1928, con 22 años, buscando oportunidades distintas a las que le ofrecía Manatí, su pueblo natal, ubicado al norte de la isla, de cara al Atlántico.
Es la gran protagonista pues fue ella quien crió a William Anthony Colón Román, Willie Colón, su nieto, nacido el 28 de abril de 1950 en el Bronx, Nueva York.
Esa abuela materna jamás aprendió inglés, y el padrenuestro que le enseñó a su nieto fue: «Jamás olvides que eres puertorriqueño», mientras le cantaba los aires musicales de su isla y de la patria grande latinoamericana. Falleció en 1997 y alcanzó a verse reivindicada en el trabajo de su nieto, sobre todo en la primera etapa de su carrera, iniciada a los 16 años junto a un ponceño, Héctor Pérez, es decir, Héctor Lavoe. Pudo escuchar el homenaje que él le rindió en 1970 en el álbum La gran fuga.
Abuelita
Esos refranes que le recitaba la abuela fueron armando, en definitiva, la coraza con la que se enfrentó a la discriminación racial y social en el país donde le tocó nacer. Para los blancos de Nueva York era un mestizo y, peor aún, un inmigrante. No bastaba con ser ciudadano estadounidense. Por eso, sabiendo que su camino estaba en la música, con ella arremetió contra lo establecido en una sociedad que sigue siendo discriminatoria; aprovechó además para sacudir una música que, a su juicio, estaba cosificada —no solo en los arreglos orquestales, sino en los contenidos de las letras—. El espectro se inclinaba hacia las superficialidades del mercado anglosajón, y los músicos latinos residentes allí parecían aceptarlo con resignación: «Hay que comer, mi hermano».
En esos análisis que su abuela supo sembrar descansa buena parte del éxito del músico, director, compositor, arreglista y productor que fue Willie Colón. «Abuelita, tus refranes me hacen reír: ojo por ojo, diente por diente».

Tuvo clarinetes en sus manos, y trompetas también; sin embargo, sería el trombón la catapulta de su fama. Su uso orquestal no fue una innovación propia, sino influencia directa de otro puertorriqueño: Efraín Mon Rivera, el primero en trabajar en Nueva York con una línea de cuatro trombones que dieron la clarinada. Mon Rivera fue el gran plenero de lo que hoy llamamos salsa —junto a Rafael Cortijo—, y un innovador como pocos. Es necesario contextualizar para entender cómo Eddie Palmieri y Willie Colón se inclinaron por ese sonido que imprimía mayor agresividad a la música popular: era exactamente lo que buscaban para dar cauce a tanto deseo de justicia y libertad.
Su primera grabación la realizó en 1967 para el sello Futura de Al Santiago (Alberto Santiago), pero el proyecto no prosperó. Santiago ya tenía la mirada puesta en otro horizonte discográfico.
…Y llegó a Fania
Mucha agua ha corrido; muchos también los libros y análisis sobre lo que significó el sello Fania para la música de ascendencia latina en Nueva York. A ese sello llegó Willie Colón en 1966 con su propuesta, que fue aceptada… salvo el cantante. Fue entonces cuando se sugirió el nombre de Héctor Lavoe. Dios los cría y ellos se juntan: lo que ambos construyeron no solo catapultó a Fania hacia su consolidación económica y mediática, sino que reveló al mundo un nuevo modo sonoro de presentar la música que ese mismo año, en Venezuela, ya se llamaba salsa.
La voz incomparable de Lavoe secundó cada intención musical de Colón Román, quien supo apoyarse en las claves de la fusión sin abandonar los sonidos de Puerto Rico que, a la postre, resultaron determinantes. Tan hondo fue el impacto que entre 1967 y 1973 produjeron nueve álbumes: la gallina de los huevos de oro para Johnny Pacheco y sus sucios socios. El Malo, El estafador, Guisando. Cosa Nostra (1970) y el tema «Che Che Colé» —donde late la esencia africana ligada a la bomba boricua— abrieron las compuertas de la internacionalización al exitoso binomio.
El otro reventón internacional lo produjo Asalto Navideño (1970-71), donde ya resonaba aquel eco: «Abuelita, tus refranes me hacen reír». Ya acá Willie Colón había logrado desprenderse de sonoridades que no pegaban con su sangre. Comenzaban a florecer las evidencias del amor a Puerto Rico que la abuela había plantado. El tema «Canto a Borinquen», de Flor Morales Ramos, lo confirma. Ramito —como se le conocía— fue un gran cultor del seis boricua y autor de piezas entrañables como «La eliminación de los feos» y «Vive tu vida contento».
El auge del arreglista
En 1971 se dio a conocer La gran fuga, álbum que incluyó «Abuelita» y «Panameña». Vendría luego El juicio (1972), donde «Timbalero», «Piraña» y «Soñando despierto» se convertirían en éxitos. Después llegarían Asalto Navideño 2 y Lo mato (1973), el álbum que cerró la unión de estos dos músicos. En ese último trabajo de la dupla Colón-Lavoe aparecen «El día de suerte», «Todo tiene su final» y «Calle Luna, Calle Sol».
Nunca quedó claro si ese ciclo culminó por el deseo de descanso de Willie o por separarse de Lavoe —«mala conducta», dicen— para que no le empañara la carrera. Aun así, separados, cada uno brilló con luz propia. Lavoe jamás necesitó de Colón; Colón, en cambio, se aferraría al bastón de mando de un panameño. Mientras tanto, hizo arreglos y producciones para otros colegas y profundizó sus estudios musicales, sin dejar de involucrarse en los trabajos solistas de Héctor Lavoe. Su concepto de instrumentación y arreglos resultó impecable: arrancó su período sinfónico y se estrenó como vocalista solista.

En 1975 no solo produjo y arregló el álbum solista de Lavoe, sino que fue a buscar a su admirado Mon Rivera —el gran pionero del trombón— hasta los Hogares Crea de Puerto Rico, para grabar un álbum de leyenda: Se chavó el vecindario, en tiempo de bomba y plena. Otra caricia para la abuela. Vendría luego la etapa con Rubén Blades, en la que todavía se discute quién usufructuó a quién.
Baquiné a lo venezolano
El baquiné es un rito funerario festivo: celebra a los niños inocentes que parten sin haber pecado, y a quienes no se llora sino que se festeja. Cuando en 1977 Willie Colón presentó Baquiné de angelitos negros, indudablemente le estaba haciendo un guiño a uno de los poetas fundamentales de la venezolanidad, Andrés Eloy Blanco, autor de «Píntame angelitos negros», poema que tiene tantas versiones musicales como años. Para este álbum, Colón Román acudió a todos los instrumentos menos al más importante: la voz humana. Creemos que fue su mejor intento de experimentación sinfónica.
Vendrían luego sus experiencias con Celia Cruz, Rubén Blades, Ismael Miranda, Sophy, Soledad Bravo, e inclusive con su ex compañero Héctor Lavoe, al producirle Comedia, donde fue incluido el ahora legendario «El cantante». Colón también haría aquel álbum de salsa-teatro escrito por Blades, Maestra vida, cuyo estribillo seguramente le recordó mucho a Antonia, su abuela: «Maestra vida, camará, te da y te quita, te quita y te da».
Camino al Barrio. Baquiné de Angelitos negros
Político y solista
La década de los ochenta trajo a Willie Colón como solista. No quiso seguir dependiendo de voces ajenas ni del dinero compartido que ya le había traído problemas. Se fue del sello Fania y del concubinato musical con Blades, aunque siguieron apareciendo juntos en varias oportunidades —hasta en una película—, pero la mira ya estaba puesta en su trabajo solitario y en su afán político. Se postuló sin éxito a diferentes cargos públicos en Nueva York hasta que logró ser consejero del alcalde, cargo que mantuvo durante doce años desde 2002. Curioso… (abuelita, tus refranes me hacen reír: árbol que nace torcido…)
No logramos precisar en qué momento Willie Colón desató su odio contra Cuba y Venezuela. Había bebido de las sonoridades que Cuba siempre ha mostrado al mundo —aun a riesgo de la copia y el robo—, un karma cultural para un país amado que jamás ha podido cobrar las regalías ni los derechos de autor de los suyos, esquilmados precisamente por la «gran nación democrática», Estados Unidos: no el gran varón sino el gran ladrón. El venezolano Aquiles Nazoa ya lo había sentenciado: «Es mejor morir de hambre que morir de vergüenza».
En cuanto a Venezuela, fue uno de los grandes escenarios de Colón, como lo fue para Blades. No solo le rindió homenaje literario a Andrés Eloy Blanco, el bardo cumanés, en Baquiné de angelitos negros; llegó incluso a participar en telenovelas venezolanas como La intrusa (1986, con Víctor Cámara y Mariela Alcalá). Todos los escenarios del país fueron suyos, a casa llena: Barquisimeto, Caracas, Maracaibo, Valencia. Y los ocupó también cuando el chavismo ya era mayoría y gobernaba.

¿Cuál fue el momento del viraje? Venezuela jamás lo necesitó, y a decir verdad, tampoco necesitó a nadie de ese mundo salsoso que lo que hizo fue usurpar la innovación venezolana para —¿cuándo no?— montar sobre ella los parámetros comerciales y mediáticos de un sello: Fania.
Rubén Blades llora la muerte de Colón Román con lágrimas de cocodrilo. Nosotras no nos alegramos con ninguna muerte, pero esta la dejamos pasar de largo. Preferimos llorar a los nuestros, a quienes no nos han ofendido ni a nosotras ni a nuestra resolución de ser soberanas.
En enero de 2013 nos tocó salir al paso del tuit más ofensivo escrito contra la gobernanza venezolana y su pueblo, firmado por Willie Colón: «Venezuela ahora tiene dos presidentes: uno podrido y uno maduro». En ese momento se cerraron las esclusas que siempre habían estado abiertas para él. Los músicos y periodistas que militamos en la soberanía respondimos. El músico e investigador Ignacio Barreto —hoy viceministro— puede dar fe de cómo se agolpó la gente frente al Teatro Teresa Carreño, como en el Fuerte Tiuna en 2002. Junto a Barreto había músicos y gente de a pie de todos los colores. Ante la manifestación espontánea llegaron los «medios de (in)comunicación»: desde Nelly Ramos y el implacable Paicosa hasta Joel Pibo Márquez. Una de las muestras de indignación más grandes que hayamos visto.
Cuenta el Búfalo Taylor Pérez que en el 23 de Enero, muy cerca de El Rincón del Taxista, hubo otra aglomeración: una comunidad tan salsera como la del 23 salió con los discos de Willie Colón en todas sus etapas… y los quemó en una hoguera de legítima dignidad.
Todo tiene su final
Willie Colón persistió pidiendo una invasión militar gringa a Venezuela y hasta grabó temas contra el presidente Maduro.
El desenlace se veía venir desde 2021, cuando el aparatoso accidente de tránsito junto a Julia, su esposa. Y tanto fumar —de todo— le iba a traer problemas. Fue la causa de su muerte.
Como dice un internauta: que Dios lo perdone.
Yo no.
Autor: TeleSUR: Lil Rodríguez
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