El Líder de Irán ha pronunciado un discurso estratégico frente a la presión estadounidense, subrayando la defensa y soberanía de la nación iraní.
Por: Nahid Poureisa
En medio de un torrente de titulares globales que amplifican la presencia naval estadounidense cerca de aguas iraníes, y de narrativas incesantes que promueven la supuesta capacidad de Washington para devastar el país, se ha desarrollado en paralelo una campaña de guerra cognitiva de espectro completo contra la República Islámica de Irán.
En este contexto cargado, el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, pronunció el martes un discurso de gran relevancia, marcado por una disuasión calculada y un compromiso firme con la defensa de la soberanía nacional.
Sus palabras, poderosas y cuidadosamente medidas, atravesaron el ruido de la guerra psicológica y la teatralidad militar, demostrando resolución y reforzando la postura estratégica de Irán frente a la creciente presión externa.
Su respuesta a la retórica bélica del presidente estadounidense Donald Trump fue un reflejo claro de extraordinaria fortaleza y determinación, ampliamente elogiado por personas en todo el mundo.
Los analistas han señalado un patrón consistente en el comportamiento del actual presidente estadounidense. Aunque cultiva una imagen de imprevisibilidad y volatilidad, sus acciones revelan una realidad predecible: cuando se enfrenta a una resistencia firme de una nación poderosa, su retórica belicosa da paso a la retirada.
Lo que el ayatolá Jamenei transmitió en su último discurso refleja la fuerza demostrable de Irán, tanto militar como socialmente. Esto genera impulso, obligando a Estados Unidos a pausar, reevaluar y reconsiderar sus movimientos.
A diferencia de Trump, cuya estrategia se basa en gran medida en el farol para intimidar y luego retirarse ante el desafío, el Líder de la Revolución Islámica habla desde una posición de poder real: una nación que ha demostrado repetidamente su capacidad para enfrentar a sus adversarios y proteger su soberanía.
El 18 de febrero, miles de personas de la provincia de Azerbaiyán Oriental asistieron a la reunión en la que el ayatolá Jamenei pronunció su discurso. El evento conmemoraba un levantamiento ocurrido hace 48 años en Tabriz, cuando las calles se llenaron de gente de manera similar.
En 1978, la ira estalló en la ciudad del noroeste de Irán, desencadenando los acontecimientos que eventualmente derrocarían al antiguo orden monárquico. La reunión de este año no solo recordó la historia, sino que se situó dentro de ella. El poder había cambiado una vez antes; ahora volvía a ser testigo de ello.
El pueblo de Tabriz se había reunido para llorar a los mártires en las protestas de Qom. De manera similar, el discurso del ayatolá Jamenei se desarrolló en un marco simbólico semejante: la conmemoración del cuadragésimo día por aquellos asesinados durante recientes ataques terroristas respaldados desde el extranjero.
La reunión vinculó pasado y presente, situando los eventos actuales dentro del mismo arco histórico que forjó la revolución.
El ayatolá Jamenei comenzó enfatizando que este año destaca de manera sin precedentes.
“Esta reunión es excepcional. Este año fue extraordinario. La nación iraní, en múltiples escenarios, demostró su grandeza, su voluntad, su firme determinación y sus capacidades; desde la guerra de doce días hasta los eventos recientes”, afirmó.
Lo presentó como un año en que la fuerza de la nación iraní se hizo evidente. Señaló que el número de participantes de Tabriz en la manifestación del 47.º aniversario de la Revolución Islámica se había duplicado. Esto reflejaba un punto central de su discurso: el pueblo como eje de la República Islámica.
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El golpe fallido
El Líder de la Revolución Islámica no describió los recientes disturbios respaldados desde el extranjero como protestas espontáneas. Los calificó de algo mucho más grave: un intento de golpe de Estado, repitiendo lo dicho en su discurso anterior.
Rechazó explícitamente la narrativa que consideraba los eventos como simples expresiones de ira o estallidos aleatorios. En cambio, afirmó con claridad:
“Lo que ocurrió fue un intento de golpe que fracasó. No se trató simplemente de jóvenes enojados protestando. No. Fue más que eso. Fue un golpe. Pero este golpe fue aplastado bajo los pies de la nación iraní”.
Según el ayatolá Jamenei, agencias de inteligencia extranjeras, incluyendo la CIA y el Mossad, habían pasado años identificando personas dentro de Irán, reclutándolas, entrenándolas y proporcionándoles dinero y armas.
Estos individuos estaban preparados para sabotear e infiltrarse en centros militares, instalaciones gubernamentales e infraestructuras sensibles, esperando el momento adecuado para actuar.
Su estrategia, explicó, estaba basada en la violencia extrema. Comparó sus métodos con los utilizados por grupos terroristas como Daesh. Su objetivo era generar caos mediante asesinatos, vandalismo y terror en la sociedad.
Miles de iraníes inocentes perdieron la vida como resultado de estas acciones. Pero finalmente, el intento de golpe fracasó.
“Al final, guste o no al enemigo, este golpe, preparado con tanto esfuerzo, gastos y planificación, colapsó y fue derrotado”, dijo el Líder de la Revolución Islámica.
Aclaró que lo ocurrido no fue un incidente menor, sino una conspiración de gran envergadura, y el resultado fue decisivo: la derrota del enemigo y la victoria de la nación iraní.
Señaló también la participación de millones de iraníes en manifestaciones en todo el país, particularmente el 11 de febrero, como prueba irrefutable del compromiso nacional con su sistema político.
Definición de nación: quién es mártir
Uno de los aspectos más llamativos y significativos del discurso fue su categorización cuidadosa y generosa de quienes perdieron la vida durante los recientes disturbios.
El primer grupo consistió en defensores de la seguridad nacional: miembros de Basich (fuerzas populares), del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y otras fuerzas de seguridad. Estos mártires arriesgaron sus vidas para proteger el país y el ayatolá Jamenei los describió como los mártires de mayor rango.
El segundo grupo incluyó a civiles comunes, transeúntes no involucrados en enfrentamientos, pero asesinados durante los disturbios y ataques terroristas. Ellos también fueron honrados como mártires.
El tercer grupo tuvo la significación política más profunda. Eran individuos que habían sido engañados, que participaron en los disturbios por error o inexperiencia. El ayatolá Jamenei afirmó que, pese a sus errores, permanecían como parte de la nación.
“Son nuestros. Son nuestros hijos”, dijo.
Incluso quienes se habían opuesto al sistema no fueron considerados fuera de la nación. Sus muertes fueron reconocidas como parte de la tragedia nacional.
Esta definición refleja la doctrina política articulada por el Líder: la República Islámica es inseparable de su pueblo, incluyendo a todos, incluso aquellos que fueron engañados. Solo se excluyen quienes organizaron, armaron y financiaron directamente bajo órdenes de agencias de inteligencia extranjeras.
La escuela del Imam Hosein y la identidad iraní
Una de las partes más potentes del discurso fue su referencia a los fundamentos morales e históricos de la resistencia iraní.
Invocando el legado del Imam Husein (P), citó la famosa frase del Maestro de los Mártires: “Los como yo no juran lealtad a los como Yazid”.
Usó esta frase para trazar un paralelo histórico directo entre la nación iraní y la negativa del Imam Husein a someterse a una autoridad ilegítima como la de Yazid.
No fue solo una declaración religiosa, sino una afirmación de identidad, cultura, historia y geopolítica. El ayatolá Jamenei enfatizó que la nación iraní, con su larga historia y cultura profundamente arraigada, nunca se someterá a un sistema corrupto como el de Estados Unidos, moral e históricamente comprometido.
Este marco histórico y moral sustentó todo el discurso, vinculando la resiliencia moderna de Irán con los valores perdurables de la escuela del Imam Husein (P).
Es importante destacar que, al hablar del verdadero poder y autoridad de Irán, el ayatolá Jamenei no se refirió a la influencia regional, ni a los aliados del Eje de la Resistencia desde Líbano hasta Yemen, ni a la tecnología militar avanzada. Tampoco afirmó que la fuerza de Irán provenga de millones de seguidores alrededor del mundo dispuestos a sacrificar sus vidas.
Por el contrario, señaló con claridad que la verdadera fortaleza de Irán radica en las profundas raíces de la República Islámica entre su propio pueblo.
Este punto es crucial: el imperio estadounidense padece en gran medida por su desconexión total con su propia población, particularmente a raíz de escándalos como los archivos Epstein. Este es solo un ejemplo entre muchos, y aún saldrán a la luz otros.
El decadente y moribundo imperio Epstein
El ayatolá Jamenei dirigió luego su atención hacia Estados Unidos, describiéndolo como un imperio en declive. Señaló las crisis económicas, la división política y la inestabilidad social dentro del propio país, resumiendo el conflicto central en términos claros: Estados Unidos busca dominar a Irán, y la nación iraní se mantiene firme en su camino.
El Líder citó declaraciones de un presidente estadounidense reconociendo que Estados Unidos no había logrado eliminar a la República Islámica. Enfatizó que este fracaso no se debió a falta de esfuerzo, sino a la resiliencia del pueblo iraní, y agregó que el actual presidente estadounidense tampoco logrará derrotar a Irán.
Imagen de soberanía y disuasión
Al referirse a las amenazas militares, el ayatolá Jamenei habló de la presencia naval estadounidense en el Golfo Pérsico, subrayando que el equipamiento militar por sí solo no determina los resultados.
Destacó que los buques de guerra no son invulnerables, como muchos analistas suponen, y pueden ser destruidos por armas igual o más poderosas. Sus palabras fueron mesuradas, representando un discurso firme pero pacífico: la política exterior de Irán se fundamenta en la soberanía y la seguridad nacional, demostrando las consecuencias de cualquier error de cálculo por parte de los adversarios y reduciendo la probabilidad de guerra.
Afirmó que incluso el ejército más poderoso del mundo podría sufrir golpes de los que no podría recuperarse. Cuando mencionó armas capaces de hundir barcos hasta el fondo del mar, la multitud respondió con fuertes vítores y aplausos, que continuaron hasta que él mismo indicó calma.
La reacción del pueblo reflejó determinación, no miedo: años de presión y amenazas no habían minado su confianza ni su firmeza.
El árbol que no pudo ser arrancado
El Líder utilizó una poderosa metáfora para describir a la República Islámica. Señaló que, en sus primeros días, la República Islámica era como un delicado retoño, pero incluso entonces sus enemigos no pudieron arrancarla. Hoy, se ha convertido en un árbol fuerte y fructífero.
“La República Islámica no está separada del pueblo. La República Islámica es del pueblo iraní”. Subrayó que la fortaleza de la República Islámica no radica únicamente en las armas, sino en sus raíces: en su gente.
De su discurso se desprende claramente que la fuerza capaz de enfrentar a los barcos enemigos no es únicamente militar, sino la profunda resiliencia de una nación forjada desde dentro: una nación arraigada en la escuela del Imam Husein (P), guiada por el Islam político y capaz de integrar la fe en la gobernanza.
Esta nación comprende que no hay lugar para la lealtad a Yazid, y que la encarnación global de Yazid hoy es Trump.
Negociación y soberanía
El ayatolá Jamenei también se refirió a las negociaciones nucleares indirectas en curso con Estados Unidos. Enfatizó que una verdadera negociación no puede producirse cuando una de las partes dicta los resultados de antemano. Requiere igualdad y reconocimiento mutuo de la soberanía.
La República Islámica, subrayó, no negocia desde la debilidad. Durante 17 años ha enfrentado presiones, amenazas, sanciones e intentos de derrocamiento, y aún así ha resistido.
Comenzando y terminando con el pueblo
El Líder de Irán concluyó su discurso dirigiéndose a los funcionarios iraníes, enfatizando la importancia de mejorar las condiciones económicas, reducir la inflación, fortalecer la moneda nacional y elevar la calidad de vida de los ciudadanos comunes.
Comenzó su discurso con el pueblo y lo cerró con el pueblo. Esta continuidad refleja el mensaje central de su intervención: la República Islámica es fuerte porque está arraigada en su nación.
El levantamiento en Tabriz demostró cómo un sistema político colapsa cuando pierde conexión con su pueblo. La resistencia de la República Islámica demuestra lo contrario. No se sostiene por la aprobación externa, sino por sus raíces. Y esas raíces permanecen intactas.
Texto recogido de un artículo publicado en Press TV