VENEZUELA Y LAS OTRAS REBELIONES


La rebelión popular del Caracazo (o Guarenazo) en 1989 fue el germen de la revolución venezolana (Foto: Archivo)

 

Todos o muchos quisiéramos que el tiempo histórico transcurriera con la velocidad y la rapidez narrativa de los tiempos cinematográficos: comienzo a ver una trama y espero con ansias ver el desenlace. Tiende a desesperarnos el que una chispa se prenda en algún rincón pero no se convierta al instante en el incendio concluyente que arrasa con todo. Queremos ver una revolución adaptada al formato temporal de los espectadores: se acerca una marcha de proletarios, hay violencia, represión y heroísmo, y al final de la jornada ya el pueblo sacó al presidente que detestamos e instaló un gobierno cuyo primer decreto establece la eliminación de la propiedad privada, y el segundo declara que está prohibido subir los precios de los alimentos, la existencia de los partidos de derecha y los grupos de reguetón.

El resultado de esperar con tan altas expectativas la conclusión de ciertos movimientos o acontecimientos dramáticos es la desilusión: ni Vizcarra se había quedado solo en el mundo, ni Lenín Moreno es tan débil como lo anunciaban sus dos o tres discapacidades, ni las amplias alamedas se abrieron tan rápidamente como las puertas del Metro de Santiago.

Nuevamente hay que volver a repasar la historia reciente e incidencias de algunas rebeliones en curso. No porque la historia sea una biblia infalible ni porque al leerla el futuro se vuelva una cosa fácil de predecir, sino porque el análisis de sus lecciones debe ser meticuloso y un poco más serio que aquello de “esos pueblos no son tan gloriosos como el nuestro, que ya hizo una revolución”.

Vayamos mejor tras las claves principales:

a) Es evidente que hay un claro proceso de rebelión continental e incluso hemisférica y planetaria contra el neoliberalismo, y varios procesos locales dentro de ella.

b) La rebelión no es de gobiernos sino de pueblos. Pase lo que pase con los presidentes y gobiernos de Argentina, Uruguay, Colombia, Chile, Ecuador y Perú, el dato importante no es quién logró instalarse en el palacio presidencial sino ese hervidero que es el pueblo en busca de conductores y administradores que comprendan el rumbo de la humanidad.

c) Esa búsqueda del punto B, que da sentido a lo dicho en el punto A, no se va a resolver en la próxima protesta de maestros o campesinos, pero cada uno de estos episodios en los que se desborda la energía del poder constituyente originario, aún en su fase destructiva, va sumando y acumulando, aproximando a los pueblos a unas cuantas metas históricas.

d) Los procesos electorales también cuentan como destellos e indicadores de la orientación de las rebeliones. A propósito de ellos, lo que resta de este artículo se ocupará de recordar cómo fue que el pueblo venezolano (que no derrocó a CAP en el 89 aunque dejó herido de muerte su proyecto) tuvo una década insólita, la de los 90; década de búsqueda desesperada y a ratos incongruente, del rumbo accidentado pero inevitable tras el que anda la especie humana.

DE LOS VELÁSQUEZ A CHÁVEZ, PASANDO POR CALDERA

Resumen de 1992: Chávez, el 4F, el alzamiento del 27 de noviembre; pocos días después de este evento se realizaron elecciones regionales, en las que se escogería a los nuevos gobernadores de los estados y a los cinco alcaldes de los municipios de Caracas. A pesar del triunfo en términos numéricos y absolutos de los partidos COPEI y Acción Democrática, las señales de reconfiguración del espectro político eran evidentes. Los gobernadores que alcanzaron la victoria lo hicieron en hombros de alianzas y combinaciones insólitas en las que no faltaron los acuerdos locales entre partidos tradicionales del estatus con nuevos y viejos partidos, de izquierda y de todo pelaje.

En Barinas, por ejemplo, el electo Gehard Cartay obtuvo apoyo y votos de los partidos COPEI y el MAS, entre otros. En Anzoátegui, la fórmula triunfadora de Ovidio González congregaba votos de esos mismos partidos y también del Partido Comunista, Unión Republicana Democrática, la agrupación de evangélicos pentecostales llamada ORA y el MEP. El tercer factor más votado fue un cúmulo de micropartidos nacionales o locales, que en conjunto sumaron más de 955 mil votos, en tanto que los vencedores COPEI y AD aglutinaban 1 millón 592 mil y 1 millón 289 mil, respectivamente.

La izquierda o las izquierdas, que en conjunto o aisladamente jamás habían obtenido más de 10% de los votos (entre 200 mil y 300 mil votos en sus mejores participaciones) elevó de pronto su cosecha de sufragios a más de 800 mil, con el MAS y La Causa R como fenómenos electorales emergentes.

El MAS obtuvo poco más de 578 mil votos y ocho gobernaciones de las 22 en pugna, y La Causa Radical 219 mil sufragios y dos preciadas gemas. Una de ellas fue el triunfo en solitario, sin alianzas con ningún otro grupo, en el gigantesco estado Bolívar, que eligió gobernador a Andrés Velásquez. La otra gema, la mamá de todas las sorpresas: la victoria de Aristóbulo Istúriz en el municipio Libertador de Caracas, el centro administrativo del poder en Venezuela. Por primera vez la izquierda colocaba de alcalde en Caracas a uno de sus dirigentes.

Cualquiera que fuera el punto de vista de los análisis electorales, era evidente que algo atípico se anunciaba como un presagio o premonición. Otras elecciones venideras ayudarían a detectar mejor la nueva tendencia o rumbo que el electorado comenzaba tímidamente a transitar.

Luego del patadón a CAP y la escogencia de Ramón J. Velásquez como presidente, en 1993, se produjo la convocatoria a elecciones presidenciales. Caldera ganó los comicios con el 30,46% de los votos, poco más de 1 millón 700 mil. El segundo lugar fue para Claudio Fermín (AD y otros partidos), que obtuvo 1 millón 335 mil 227 votos; Oswaldo Álvarez Paz, por COPEI y otros, alcanzó 1 millón 276 mil 506, y el favorito sentimental de tantos, Andrés Velásquez, quedó en el cuarto puesto con 1 millón 232 mil 653. El Partido Comunista de Venezuela ha pasado desde entonces tratando de explicar cómo fue que se le ocurrió apoyar a Rafael Caldera (su pretexto más recurrido: “Lo apoyamos a cambio de la liberación de Chávez”).

El fervor en torno a La Causa R y Andrés Velásquez no se conformó con la hazaña histórica de haber conseguido por primera vez más de un millón de votos para un partido de izquierda, y sus compañeros y adversarios se ocuparon de difundir una sospecha o leyenda de la que todavía se habla con amargura en ciertos círculos: se dijo, y sigue repitiéndose, que Velásquez ganó las elecciones y fue despojado de la victoria. Sus adversarios matizaron esa especie con un incisivo complemento: ganó, lo despojaron y él aceptó el fraude a cambio de dinero.

Con todo, el ascenso general de la izquierda fue el gran acontecimiento de la jornada, junto con el detalle de la precaria ventaja numérica del vencedor y el hecho de que, también por primera vez en la historia, cuatro candidatos presidenciales habían superado el millón de sufragios.

En 1995 hubo nuevamente elecciones regionales y los números revelaban que la búsqueda de ese liderazgo emergente no terminaba de cristalizar; Acción Democrática volvió a obtener la mayoría de los votos, COPEI volvió al segundo lugar de los segundones y La Causa R no levantó más allá del 12,71%; el MAS volvió a su histórico 10%, y Convergencia, el partido del presidente Caldera, apenas superó el 8%. La incógnita venía prepresentada en ese segmento que las estadísticas mencionan un poco despreciativamente como “Otros”: los demás partidos sumaron 11,95%.

“Algo” reptaba por allí en las postrimerías del puntofijismo, algo que no terminaba de tener un nombre o una imagen, pero que a estas alturas podemos identificarlo: esa era la silenciosa rebelión venezolana, que andaba buscando a Chávez pero no lograba encontrarlo.

Todavía indeciso o negado abiertamente a su participación en algún proceso electoral, Hugo Chávez procedió en 1996, apenas liberado, a completar una faena que ya había iniciado en sus tiempos de cadete y suboficial del Ejército: recorrer el país en busca de apoyos y de la difusión de una doctrina cívico-militar a la que los venezolanos no estábamos habituados.

Luego de todo un siglo de dictaduras militares, más de cuatro décadas de bipartidismo AD-COPEI y reducción de la idea del socialismo a grupos y sectas más o menos ajenos a las multitudes, la imagen de aquel hombre joven tenía que resultarnos extraña, preocupante o novedosa, pero en todo caso controversial: Chávez se declaraba bolivariano pero esencialmente de izquierda, había hecho carrera militar, exaltaba en sus discursos las virtudes civilistas de algunos próceres y viejos dirigentes, pero había dejado en suspenso al país con aquella declaración inquietante: no había conquistado el poder por las armas, pero solo “por ahora”.

El contenido bolivariano y antiimperialista de sus arengas inquietaban a la clase empresarial y las estructuras de poder de Estados Unidos, que comenzaron a observar de cerca el fenómeno: ahí estaba el ingrediente de la rebelión. Pero la rebelión seguía manifestándose en las aburridas cifras de las votaciones.

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Posteriormente, el 6 de diciembre de 1998 Hugo Chávez recibió el 56,20% de los votos en las elecciones presidenciales de Venezuela (Foto: VTV)

La primera medición de popularidad que se le hizo al Comandante, realizada en noviembre de 1997, le otorgaba a Chávez cerca de 5% de la preferencia de los venezolanos aptos para votar, y seis meses después ya superaba el 20%. Los restos insepultos del puntofijismo buscaban resucitar o reacomodarse. Chávez ofrecía convocar una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva Constitución y refundar la República. “Refundar” fue el verbo que encontró su equipo para, probablemente, ir dosificando la promoción de una revolución. Ante una propuesta de ese calibre el viejo liderazgo no tenía nada realmente seductor que ofrecer.

Como de novedades se estaba hablando, la derecha realizó unas jugadas que simulaban algún aire de renovación; sus líderes echaron mano de nuevos partidos más cercanos al ámbito empresarial que a la vieja dirigencia de AD y COPEI, aunque algunos utilizaron a estas estructuras como estandarte. Despuntaron en el horizonte los partidos Proyecto Venezuela y el Convergencia fundado por Rafael Caldera. Del lado del naciente chavismo crecían o mostraban evidentes ímpetus La Causa Radical y una escisión de este, el partido Patria Para Todos; el MAS y el Partido Comunista.

Una primera prueba de fuego para ese nuevo esquema tuvo lugar el 8 de noviembre de 1998, fecha de las elecciones parlamentarias.

Los resultados preconizaban la dislocación del tiempo histórico: Acción Democrática obtuvo nuevamente la mayoría de los votos y de los escaños (29,9% de los votos totales, 21 senadores y 61 diputados), el MVR, 22,2% de los sufragios, para alcanzar 8 senadores y 35 diputados. El rancio COPEI obtuvo 13,5%, para 6 senadores y 26 diputados.

Aunque resultaba inverosímil que los partidos tradicionales siguieran alcanzando votos y escaños, el fenómeno del momento fue lo que las sumas revelaban: por primera vez en la historia, la suma de los partidos de izquierda totalizaron cerca de 2 millones de votos, lo mismo que los tradicionales y emergentes de derecha. Escenario servido para las elecciones presidenciales del domingo 6 de diciembre, en las que Chávez hizo lo que hizo rumbo a esta historia todavía en construcción.

NO HAY FINAL FELIZ NI INFELIZ

Un simple tuit de Álvaro Uribe Vélez el pasado domingo, luego de que sus candidatos fueran vilmente arrastrados por un refrescante vendaval de atípicos votos colombianos, resulta más bien un recordatorio y una amenaza:

Álvaro Uribe Vélez

@AlvaroUribeVel

Perdimos, reconozco la derrota con humildad. La lucha por la democracia no tiene fin.

18 mil personas están hablando de esto

Nos quedamos con el recordatorio: el asesino que acaba de advertir que de ninguna manera está liquidado, nos ha dicho también que el proceso de emancipación contra el uribismo y todas sus variantes (él llama a eso “democracia” porque queda quien lo considere demócrata) debe ser asumido también como una pelea lenta y de largo aliento. Colombia no se ha volcado hacia el comunismo ni hacia el chavismo (tampoco Ecuador, Argentina, Chile ni Uruguay), pero el dato destacable y emocionante es la clave de la rebelión de la gente: los pueblos de América están mostrando ahora las mismas señales que a los venezolanos nos tocó exhibir en los años 90.

¿Fue Caldera un signo de renovación o avance para la revolución venezolana? Caldera no, pero la búsqueda del instinto popular estaba allí, sin que nadie lograra detectarla o nombrarla: Venezuela no votó por la momia puntofijista sino por un señor que prometió liberar a aquel muchacho del “Por ahora”. Lenta y sutilmente, entre datos raros y antagónicos, Venezuela se fue acercando al momento cumbre de su historia.

¿Vamos o no tan siquiera a comprender que el resto de los pueblos, países, naciones y factores políticos también van hilvanando sus peculiares revoluciones sin necesidad de llenar de besos y alabanzas a la revolución venezolana?

Hay mucho de Allende en Chávez y hay mucho de Chávez en cualquier gesto rebelde nuestroamericano. Esa relación de identidad es o debería ser suficiente para que nos sepamos hermanos en la rebeldía: ni Ecuador está quedado por no haber defenestrado a Lenín, ni Colombia está adormecida por no aplastar al uribismo en una pelea de minutos, ni Perú está perdida porque al lado de Fujimori Vizcarra parezca un poco soportable.

Paciencia y respeto a las peculiaridades de cada lucha local, es la seña del momento, porque esto continúa y el final, si es que la pelea va a tener alguno, no lo veremos los humanos vivientes.

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